¿Sabes dónde viven los maniquíes? En el centro

Cuerpos amontonados, brazos, cabezas sonrientes desprendidas del torso. Esta pedacería anatómica no es una película gore, es el escenario de Maniquíes Gamuza, un taller que se llama así porque su fundador fue el torero Rafael Domínguez Gamuza, quien aparte de su chamba en el ruedo aprendió el oficio de maniquero.

Cuando Domínguez murió, le dejó el local a sus tres hijos: Rafael, José María y Federico, quienes hasta la fecha mantienen vivo el local y están a cargo del negocio.

En los últimos 55 años, que es lo que el lugar lleva de existir, Gamuza ha poblado el mundo (bueno, bueno: la Ciudad de México y sus alrededores) con sus figuras inanimadas de hombres, mujeres y niños.

Cuando vayas, encontrarás maniquíes muy sencillos, pero también hay otros que tienen articulaciones y hasta pestañas postizas, con su cara pintada a mano. Todos son de fibra de vidrio y resinas que, ¡ay, qué feo huelen!, pero que les dan consistencia y durabilidad a los cuerpos.

Acá puedes conseguir maniquíes nuevecitos y mandados a hacer según lo que necesites, o bien, elegir uno usado. También los puedes comprar por partes: un brazo, unas piernas, un torso. Lo más caro es la cabeza, pues es lo que más trabajo lleva.

En Gamuza se surten no sólo comerciantes, sino escenógrafos, artistas conceptuales y chachareros nostálgicos.

Los maniquíes artesanales, como los de este negocio, están en peligro de extinción. Es de los pocos talleres que quedan en el Centro Histórico. Muchos tiangueros que venden ropa-ropa-ropaaaaa y locales especializados en indumentaria prefieren modelos chinos chafas genéricos, porque la inversión inicial es menor, pero esos no tienen reparación y a la larga salen más caros, además de que no tienen chiste… ni potencial para muñeco diabólico que espanta en las noches.

Maniquíes Gamuza se encuentra en la calle República de Perú 45, en el barrio de la Lagunilla, en el corazón de la Ciudad de México, Centro Histórico.