A toda máquina (de escribir)

El local se ha ido llenando de cajas fuertes de todos tamaños, el nuevo giro que este negocio ha tenido que adoptar ante la decaída del original, que sobrevive al fondo del espacio: venta y reparación de máquinas de escribir. Los tres expertos que aquí trabajan aprendieron el oficio hace más de 30 años, en esta misma zona, que en aquel entonces estaba llena de talleres que se dedicaban a lo mismo. Ni se imaginaban que las computadoras desplazarían estos aparatos que alguna vez fueron indispensables y hasta símbolo de estatus.

Algunos de sus clientes son, obviamente, oficinas de gobierno aferradas a esta tecnología que ya podría estar en un museo (y que, seamos honestos, a veces utilizan para torturar a los ciudadanos que hacemos trámites). También hay algunas escuelas secundarias que aún imparten el taller de mecanografía y cuyas profesoras desconfían de los teclados de las computadoras, quizá porque no son forjadores de carácter (otra vez el sadismo). Sin embargo, el gremio que los mantiene vivos es, por mucho, el de los médicos. Cuando son estudiantes, escriben los informes de su residencia con máquina de escribir, porque su letra es espantosa e ilegible. Dicen que también son maloras entre ellos, que descomponen a propósito las máquinas de sus compañeros, que se roban las teclas e incluso las tiran al piso nomás por molestar. Por eso, cada cierto tiempo las traen a servicio. Y en los consultorios, algunos prefieren elaborar así las recetas, también para prevenir que sus patas de araña causen alguna confusión fatal en la farmacia.

Curiosamente, en Navidad suben las ventas porque resulta que los niños, impresionados ante esa tecnología obsoleta pero fascinante, le piden a Santoclós una máquina de escribir.

Ah, y por supuesto están los escritores, quienes sienten que no se inspiran sin el “taca taca taca” de las teclas y el golpeteo contra el papel mientras beben güisqui. Ya que les salga algo chido, pues quién sabe, pero ellos se sienten soñados.

No tires ni dejes arrumbada tu máquina de escribir, porque aunque sea en nombre de la nostalgia, aquí podrían darle un segundo aire.

Servicio Universal Montero está en Allende 22, local 1, en el Centro Histórico.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.