Cultivar la voz, acercarse a las raíces

Platicamos con la cantante y compositora sobre Blanquinegro, el álbum debut que está por estrenar y que el viernes tocará en versión ensamble en el Foro del Tejedor

Carmen Ruiz (Chiapa de Corzo, 1985) convivió con la música desde temprana edad de manera muy natural. Siempre había música en casa. Su mamá cantaba todo el tiempo y a su papá le gustaban montones de bandas de rock. Pero hubo un momento que fue fundamental para que comenzara a tocarla. A los seis años, le regalaron un teléfono celular de juguete con cuyo teclado comenzó a sacar canciones “de oído”.

“Empecé a sacar la de la telenovela, la del comercial”, cuenta. “Necesitaba sacar canciones, además de que me encantaba preparar shows con mis primos, sentar a mi familia en la sala y decir: ‘tú vas a cantar, tú vas a bailar’”.

Pronto estaría pasando de aquel teléfono a un teclado, del teclado al piano, de las clases particulares a unas más formales en la Ollin Yoliztli. Más tarde, estudiaría Ingeniería en audio y producción musical. De unas prácticas profesionales en la agencia de management Westwood pasó a colaborar de manera cercana e intensa con Natalia Lafourcade y, de pronto, estaba tocando los teclados en su banda. Tocó con ella casi todo el Hu Hu Hu y el principio de Mujer divina.

Luego vendría su paso por Discos Intolerancia, de donde surgieron varias colaboraciones en el escenario junto a Torreblanca, Pedro Piedra, Javiera Mena, Julieta Venegas… Después de un buen rato, descubrió la voz como una parte importante de su propuesta musical.

“Todo fue por Denise Gutiérrez (Hello Seahorse!)”, cuenta. “Empezamos a tener mucho más acercamiento nosotras dos y le conté: ‘estoy empezando a hacer rolas, quiero grabarlas, me siento rara, porque a veces siento que canto muy agudo”. Ella tenía un maestro, Thomas Friedman. Me dijo: ‘deberías ir con él, igual te puede ayudar’. Fui, canté, y lo primero que me dijo fue: ‘tu voz es muy insípida, y no entiendo por qué tratas de cantar tan agudo si tu voz natural no está ahí’”.

Thomas le dio ciertos tips que incluso cambiaron su manera de componer. Empezó a buscar en su voz, en su manera de hablar. Eso sería clave para su manera de componer y de interpretar canciones.

Hace unos cinco años comenzó a escribir sus propias canciones, que están por ver la luz en el que será su álbum debut, Blanquinegro, y del que podremos escuchar versiones especiales en el concierto de este viernes en el Foro del Tejedor (Álvaro Obregón 86, Roma Norte), donde tocará junto a Amalinalli Pichardo en el arpa, Gibrana Cervantes en el violín, Mabe Fratti y Emily Beth en los cellos, y Amanda Irarrázabal en el contrabajo.

Entre tus distintas influencias has mencionado a Lhasa de Sela. ¿En qué sentido te ha influido?

Cuando le enseñé mis canciones Juan (Manuel Torreblanca), me dijo: “amiga, cantas como Lhasa. Yo no la conocía, y me dijo que le tenía que escuchar. Me fui a mi casa, puse “De cara a la pared”, y esa fue la primera canción que escuché de ella. Y vi cómo mi voz se parecía en momentos a la suya. Se me hizo bonito, porque yo empecé a cantar y a descubrir mi voz sin saber de ella. Así que no fue una influencia directa. Pero de inmediato me sentí identificada con su manera de decir las cosas, porque también ella es muy dolida, y tiene una manera muy lánguida de cantar… Sus canciones son como un vals que te lleva, y en su instrumentación también usa arpa muchas veces. Desde entonces empecé a tocar un cóver de aquella canción con la que la conocí.

Cuéntame sobre lo que buscaste explorar en lo musical y lo lírico en este primer álbum.

Primero, quería que fuera un disco muy honesto. Soy conocida entre mis amigos porque tengo un carácter muy fuerte, no tengo filtros, y luego me meto en problemas por decir las cosas así. Sabía que eso quería mostrar en cuestión de letras. Quería que fuera en español. Y quería que fuera bello. Creo que una obra de arte, por más rara que pueda estar, tiene que tener cierta belleza desde el lenguaje, algo que a mí me cuesta bastante. Así que me puse a leer y leer, traté de empaparme de lenguaje. Quería llegar a algo muy poético. En cuestión musical, necesitaba regresar a lo que yo era, porque había pasado por muchos grupos y, sobre todo, el último grupo, que fue Centavrvs, me dejó muy marcado el lado mexicano. Sentía que tenía que hacer algo más cercano a mis raíces chiapanecas, buscar cosas a mi mood. Quería llegar a lo downtempo pero partiendo de una instrumentación distinta.


¿El viernes vas a tocar los 11 temas del álbum que estás por estrenar?

Sí, voy a tocarlos todos. Esto es muy importante para mí, porque hay muchas canciones que no puedo tocar yo sola. Y es un ensamble nuevo. Son unos arreglos completamente nuevos y cosas muy parecidas a lo que viene en el disco. Para hacer lo del disco necesito como unas 30 personas en el escenario, pero por ahora seremos seis. Somos puras mujeres. Quise respetar eso en el escenario por lo menos dentro de mi proyecto. Siempre he estado rodeada de hombres, y ahora era momento de trabajar con otra energía.