Un juego ancestral en Azcapotzalco

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El primer juego de pelota público de la ciudad llega a Azcapotzalco como parte del Faro Poniente Xochicalli, un centro cultural que estará concentrado en la preservación de nuestras tradiciones

Cuando fallece un practicante del juego de pelota prehispánico, se realiza un ritual en su memoria. Si hay tensión entre dos personas, la cancha es el medio para equilibrar el conflicto. Antes de comenzar la ceremonia, los jugadores entran al temazcal, al salir participan en una danza y son sahumados mientras se escuchan los sonidos graves del atecocolli, el caracol marino utilizado como instrumento musical.

El ulama, el juego sagrado, requiere una inmersión absoluta en el momento. Si la mente no ha sido domada previamente, si no se está concentrado, si los problemas del practicante abarcan todo su pensamiento, los movimientos lo delatarán: un mal golpe, un movimiento doloroso y la señal de que las cosas no se están haciendo bien. “Debes sacar todo lo ajeno a ti y centrarte solo en el juego”, cuenta Giovanni Israel, maestro y alumno de esta práctica.

Existen tres modalidades: cadera, antebrazo y mazo —cada una corresponde a la parte que golpea la pelota—. La bola es de caucho y pesa alrededor de tres kilos. “Yo tardé seis meses en adaptarme. Lo más difícil es que el cuerpo se acostumbre a los movimientos bruscos. Al principio, habrá moretones y rasguños en las piernas, los glúteos y los pies porque la pelota es pesada. Sin embargo, también descubrirás movimientos de tu cuerpo que no conocías”, continúa Giovanni.

No obstante, el dolor y la incomodidad del entrenamiento recubren la profunda filosofía del ulama. El juego prehispánico representa el movimiento cósmico: la pelota es el sol y los participantes, satélites que si chocan anulan el equilibro de un universo simbólico; entonces, el astro muere. “Debes mantenerte siempre en dualidad, fluyendo y permitiendo el movimiento continuo de la pelota”.

David Vargas es otro de los jugadores, quien todos los días entrena de dos a tres horas. “Una regla fundamental es el respeto hacia uno mismo. En especial, le prestamos atención a nuestras actitudes, emociones y temple. Es un autocultivo que requiere fuerza de voluntad, porque hay ocasiones en las que el golpe a la pelota duele tanto, que te lleva a cuestionarte varios aspectos del juego y de tu vida”, cuenta.

“Yo lo vi como una forma de resistencia. Mi cuerpo sigue siendo fuerte, porque después del golpeteo y el dolor uno aprende. Nuestra memoria muscular es efectiva. La práctica mejora la capacidad de reacción y fortalece la estructura ósea. El ulama es una experiencia de comunión y respeto con uno mismo y, por ende, con el prójimo. Quizá ese es el mensaje cultural de nuestros antepasados”.

En este sentido, la experiencia de Giovanni es paralela: “El juego de pelota me sigue cambiando la vida: me ha vuelto más abierto, me ha hecho creer en mi persona y en que puedo llegar más lejos de lo que había pensado. La gente cambia a nivel espiritual. La Conquista provocó la prohibición del juego. El ulama fue visto como un acto diabólico, pero nuestros abuelos lo jugaban con dualidad y equilibrio. Si la sociedad se sintiera parte de una misma cultura, podríamos ser una familia y funcionar mejor”.

Un hito en Latinoamérica

En un principio, el inmueble en el que se encuentra el Faro Poniente Xochicalli (en Azcapotzalco, frente al Metro El Rosario) sería un parque o un espacio deportivo, pero los sondeos revelaron que en la zona se necesitaba un espacio cultural donde la gente aprendiera oficios.

La investigación se hizo hace dos años y fue el origen de esta nueva Fábrica de Artes y Oficios que abrirá sus puertas al público el jueves 13 de septiembre de este año —la inauguración oficial será a las 10:00 de ese día, aunque el centro ha operado desde mediados de abril.

Sin embargo, el concepto del centro cultural es lo que lo vuelve un hito: el objetivo de la mayoría de las actividades es la preservación de nuestras tradiciones.

En su oferta se tiene contemplado, por ejemplo, realizar talleres de pintura, terapias energéticas, medicina alternativa (herbolaria), clases de náhuatl y baños de temazcal, cuyo precio será simbólico —$50 por persona, siempre y cuando entre un grupo de 10—. También habrá una biblioteca y áreas especiales para niños, jóvenes y adultos mayores.

Irma Hernández Maldonado, quien trabaja en la administración de Xochicalli, cuenta que el concepto se inspiró en un códice sobre la historia de siete cuevas en las que nacieron siete razas, el punto de partida para la división de las actividades: carpintería (elaboración de instrumentos musicales); herrería (construcción de los materiales que se ocuparán); danza (elaboración de atuendos) y artesanía/joyería, entre otras. La construcción de la cancha prehispánica, la primera de su tipo que se abre al público en la CDMX, sucedió de forma orgánica.

Las prácticas se realizan cada jueves de 18:00 a 21:00, y el sábado de 12:00 a 15:00. Basta con comunicarse al Faro Xochicalli (vía WhatsApp, al 55 4508-5818) y decir que se quiere participar; llegar vestido con ropa cómoda y muchas ganas de aprender. Las actividades son por cooperación voluntaria y los jugadores, por cierto, diseñan sus propios trajes.