Cristina Galicia es una de las pocas fabricantes de zapatos pachucos que existen en la CDMX. Foto, Lulú Urdapilleta

Los zapatos que bailan solos

Especiales

Cristina Galicia fabrica el calzado que lucen los danzoneros de la Ciudadela en uno de los pocos talleres que quedan en la CDMX.

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

Para Cristina Galicia, el amor a primera vista existe. Lo encontró a sus 40 años en la Plaza Ciudadela. Un hombre elegante llamó su atención, pero fueron unos zapatos oscuros, brillantes, “pachucones” —como le gusta decir— los que la flecharon.

Desde el día que los vio, hace más de 15 años, Cristina dejó su trabajo como promotora de ventas de gas y se dedicó de lleno al calzado, pues aquel hombre elegante era el dueño de un taller único en Tepito: Zapatos de las estrellas.

Aprovechando la experiencia de Cristina en las ventas, se dedicaron a ofrecer este tipo de zapatos en los salones de baile más reconocidos de la ciudad, como Salón Los Ángeles, Gran Forum y La Maraka.

“Ya después se dio la química entre nosotros y nos hicimos pareja. Aprendí muchísimo porque los zapatos me flecharon. Nosotros comenzamos la tradición de vender adentro de los salones y gustó tanto nuestro trabajo que los bautizaron como los ‘zapatos que bailan solos’ o los ‘baila mi rey’, como decía Resortes”, cuenta Cristina.

Desde hace cinco años, ella encabeza la empresa encargada de hacer felices a otros a través de sus habilidades en el diseño y decoración de zapatos.

“Pásele don, gusta que le enseñe un zapatito, o si tiene algún problema con su piecito se lo puedo hacer sobre medida, dígame”, le contesta Cristina Galicia a un cliente que llegó recomendado.

El trato es otra de las cosas que la caracterizan. Las palabras dulces, el diminutivo y la atención absoluta a quien la visita han hecho que conserve clientes selectos.

Danzoneras, orquestas, empresarios de salones de baile, pachucos e, incluso, famosos como Óscar de León, Charly Valentino y  el músico Arturo Núñez han usado diseños exclusivos de doña Cristina, quien sostiene que está por terminar unos zapatos “pachucones” que le pidieron para Marc Anthony.

“La calidad es para todos, desde los que quieren 10 pares a los que sólo me compran uno”, dice Cristina sobre su trabajo, cuyo principal objetivo es lucir un diseño hasta que sus clientes queden flechados.

Hechos a la medida

La mayoría de los clientes de Cristina son de la tercera edad, quienes le piden modelos puntiagudos y con tacones pronunciados. Zapatos que lucen para bailar, pero que es necesario acondicionar con suelas gruesas y plantillas especiales para que no sean incómodos.

“Si ofrezco esa calidad, los zapatitos en serio bailan solos. Los señores ya mayores, esos que son de buen roble, giran como pajaritos, no les lastiman y se ven elegantes. Las señoras caminan derechitas con sus tacones. Siento que es como animarlos a hacer lo que les gusta, a que vivan cien años más con esa bella actitud”, explica Cristina.

Por eso, quien busca unos zapatos para danzón y lucirlos en la pista de baile, acude a su taller en la esquina de Peralvillo y Libertad, en la colonia Morelos.

“Todos nuestros zapatitos están hechos desde el principio. Yo dibujo el piecito del cliente para ver si está ancho, alto del empeine, si un pie está más chico que el otro, por si tiene juanetitos o algún problema con sus huesos”, explica.

Una vez que conoce la forma exacta del pie, hace una primera horma y después se dedica a buscar los materiales necesarios como piel, telas y aplicaciones, ya que no acostumbra tener material rezagado.

Después se pone a diseñar en papel y finalmente confeccionan el modelo bajo pedido. Cristina explica que un zapato se puede hacer en cuatro días si es que la atención de los seis trabajadores que intervienen se dedicara sólo a ese ejemplar, sin embargo, prefiere pedir de dos a tres semanas para fabricarlo sobre medida y, si es que el cliente lo pide cosido a mano, el tiempo de espera aumenta a un mes.

“El zapato es un reto. Todo el proceso depende de que haga bien la horma y ya después la adornada se la doy yo. Les corto los filos, los hilos, quito el cemento con gasolina y reviso que no quede algún clavito. También les hago un colchoncito si lo necesitan, hago la plantilla, les doy color cuando hace falta, los detallo, les doy brillo, los meto en la caja y hasta hago la nota. Todo pasa por mis manos, no hay otras que lo quieran hacer”, explica.

Tradición perdida

Fabricar este tipo de calzado requiere una vigilancia meticulosa, ya que al ser a la medida, un solo error los llevaría a repetir todo el proceso, empezando por conseguir nuevamente el material.

La dedicación necesaria para crear estos zapatos no se encuentra fácil y Cristina se dio cuenta de ello hace tiempo.

— ¿Su familia quiere continuar el negocio?

—No, a ninguno le interesa. Trato de enseñarle a mi nieto, pero no le gusta. Lo mismo les pasa a los que maquinan y a los que cosen. Sus hijos ya no quieren hacer esto.

—¿Qué ha pensado hacer?

—Pues enseñarle a otras personas aunque sean de afuera. El conocimiento no debe ser egoísta, hay que buscar y agarrar a alguien que sí tenga pasión, que quiera conservar ese estilo pachucón, padrotón y bailador que nos da tanta identidad en esta ciudad.

En cifras:

  • 6 personas trabajan en el taller y sólo se dedican a un par de zapatos a la vez.
  • 40 años tiene de existir Zapatos de las estrellas, 15 de ellos con diseños de Cristina.
  • 800 pesos es el precio mínimo de un par de zapatos de pachuco de piel hecho a la medida.