¿Por qué mi obsesión con el 68?

Un guerrero que no olvida

“Es reflejo del efecto traumático que Tlatelolco tuvo sobre mí”, dice Gilberto Guevara, “el trauma que me dejaron las humillaciones me ha impulsado a guardar la memoria de lo que pasó ese año”

Hace medio siglo, a sus 23 años, Gilberto Guevara Niebla era un sinaloense “fresa”, como él mismo se describe, que vivía solo en la CDMX. Sus estudios de Biología los mezclaba con sus labores como presidente de la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Ciencias de la UNAM, con la música de The Beatles y lecturas de Sartre, Camus, José Emilio Pacheco y los inicios de Carlos Monsiváis.

Buen estudiante, políticamente activo y con habilidades para la oratoria, Guevara Niebla aprovechó su papel como líder del movimiento estudiantil para promover el inicio de la huelga en su facultad el 29 de julio de 1968. Seis días antes, un grupo de granaderos y otro de agentes vestidos de civil intervinieron a golpes en un pleito callejero entre alumnos de la Vocacional 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la Isaac Ochoterena, una escuela privada incorporada a la UNAM.

Pero la huelga no fue la única consecuencia de la intervención violenta de las autoridades, hubo escuelas vandalizadas, persecución de estudiantes por parte del ejército, marchas multitudinarias y la masacre del 2 de octubre, esa fecha que no se olvida.

De las asambleas a las calles

A 50 años de la masacre de Tlatelolco, Guevara Niebla asegura que la fiesta y la tragedia marcaron el movimiento estudiantil. “El 2 de octubre no se olvida, pero tampoco se olvida la libertad. La plenitud que la sociedad vivió entre julio y agosto del 68 nunca ha vuelto a suceder y eso hay que guardarlo en la memoria igual que la tragedia”, dice el exdirigente del movimiento estudiantil.

Como miembro del Consejo Nacional de Huelga (CNH), Guevara Niebla acudía a las asambleas que duraban hasta 10 horas y luego regresaba a la Facultad de Ciencias a discutir y votar. “Todos los días se polemizaba y se argumentaba”, dice.

Durante agosto de ese año, después de que las autoridades ocuparon las escuelas y luego de la protesta del rector de la UNAM Javier Barros Sierra, la represión se detuvo.

“Se abrió un espacio de libertad en el que se dieron las grandes manifestaciones estudiantiles. Era el momento de las relaciones humanas, de las amistades, de los romances. Todo era un descubrimiento del otro, fue un rompimiento del aislamiento egoísta para encontrarse frente a los demás”, asegura.

De acuerdo con Guevara, “la fiesta” también consistía en salir a las calles, organizar mítines relámpago, visitas a mercados, oficinas, teatros y cines, donde se suspendían las actividades ante la irrupción de los estudiantes, quienes eran aplaudidos por el público.

En las calles, las marchas contaban con el respaldo de cientos de personas ajenas, mientras que los oradores lograban reunir a familias enteras cuando comenzaban a hablar sobre los objetivos del movimiento.

“Todo esto nos empoderó como jóvenes, nos hizo vivir algo inolvidable que fue la acción colectiva por un ideal superior que era la democracia y la educación. El del 68 fue un movimiento democrático contra el autoritarismo, realizado por muchachos ingenuos que creían en las instituciones y en la ley”, dice Guevara Niebla en entrevista con máspormás.

—¿Se plantearon detener el movimiento?

—Sí. Fue algo que se habló el 28 de agosto cuando volvió la represión y después del informe presidencial. La policía perseguía a las brigadas, el ejército patrullaba las calles y los provocadores generaban violencia.

—¿Cuál era su postura?

—Tal vez por ingenuidad, yo no creía en el levantamiento de la huelga, pensaba que había un camino político por recorrer y que el movimiento se podía ganar. Fue una posición errónea vista al paso del tiempo.

50 años en la memoria

“Es necesario recordar el movimiento en toda su complejidad y no circunscribirnos a la tragedia del 2 de octubre”, dice Gilberto, quien hace una semana presentó su libro 1968 explicado a los jóvenes, en el que hace un recorrido por cada manifestación, discurso y ataque policiaco para entender, paso a paso, cómo se gestó el movimiento.

Durante la presentación, Guevara Niebla se cuestionó: “¿Por qué mi obsesión con el 68?” De inmediato respondió: “Es un reflejo a largo plazo del efecto traumático que Tlatelolco tuvo sobre mi persona. Las torturas, las burlas, los escupitajos, los golpes cuando caíamos al suelo (…), el trauma que me dejaron las humillaciones es lo que me ha impulsado a guardar la memoria de lo que pasó”.

La noche del 2 de octubre de 1968, Gilberto estaba en el tercer piso del edificio Chihuahua, donde estaba instalado el equipo de sonido para el mitin. A las 18:30 se dispararon dos luces de bengala, segundos después se desató la balacera. Muchos de los disparos se hicieron desde las ventanas del edificio en el que Gilberto estaba, y el líder estudiantil se percató que el inmueble había sido tomado.

Durante el ataque, Guevara y otros miembros del CNH se refugiaron en un departamento, pero más tarde fueron detenidos por un grupo de soldados armados. Gilberto estuvo preso dos años y medio en Lecumberri y luego exiliado en Perú y Chile.

“Lo que es muy triste y tiene continuidad hasta ahora es que los asesinos de Tlatelolco siguen sin castigo y hay compañeros que ya murieron sin haber visto justicia. Yo creo que el Estado y la sociedad necesitan esforzarse por reparar los agravios que se han acumulado en estos 50 años”, dice.

Compartir
Artículo anteriorFotogalería | Ruta de la Amistad
Reportera que camina la CDMX. Ideática y platicadora en sus ratos libres. Escribe de madrugada y duerme en el autobús. Convencida que las personas están hechas de historias y no sólo de tripas y huesos. De la vida aprendió a no tener sentimiento de escasez.