Circo y maroma

Tengo la impresión de que lo que menos se echa en falta en las costas de Vallarta (en los límites de Jalisco y la “Riviera Nayarit”) son los turistas. Según cifras de 2015, la costera compartida por ambos estados es visitada anualmente por alrededor de cinco millones de paseantes. Y cerca de 40% de ellos son extranjeros. ¿Es urgente, entonces, que se construya allí un megaparque temático con presunciones de ecoturismo y el anzuelo añadido de un espectáculo montado por el Cirque du Soleil, que se describe en la publicidad como “toda una experiencia teatral y culinaria”? Tal cosa parecería creer el gobierno federal, que invertirá una millonada en el proyecto de la empresa circense de Canadá, asociada para la ocasión con el grupo mexicano Vidanta, operador de la cadena Mayan Palace. ¿Qué quiere decir “millonada”? Nomás esto: cuatro mil millones de pesos del presupuesto en la “manita” oficial al Cirque du Soleil y Vidanta (sumado a un “apoyo” al regreso de la Fórmula 1 de automovilismo al país). Ah, pues chidas tus prioridades, gobierno federal.

Antes de que los entusiastas de la empresa privada comiencen a decir que qué bueno, porque el circo y el parque crearán empleos y qué culpa tienen los pobrecitos ricos de ser tan ricos y caerles tan bien a los políticos, cabe señalar que el problema no es el proyecto, sino la manera en la que se lleva a cabo: por estos días menudean en la prensa y las redes sociales denuncias de que las obras tienen contra la pared al vecino pueblo de Jarretaderas y ya afectaron el curso del río Ameca, y que personeros de la empresa ya se apropiaron de la isleta que la desembocadura forma en el mar, de una parcela que iba a ser destinada a levantar una escuela y de varios caminos rurales.

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No sería el primer ejemplo de voracidad empresarial en el área que se consuma con el amistoso respaldo del poder institucional: el exclusivísimo desarrollo de Punta Mita (lugar de frecuentes visitas del presidente Peña), en el extremo de la península de Bahía de Banderas, se construyó luego de que los habitantes originales del área, pescadores y campesinos, fueran echados de sus casas: así se formó el vecino pueblo de “Punta de Mita”, en los terrenos en los que tuvieron que reubicarse. Punta Mita tiene la peculiaridad de que es imposible acceder a sus playas de otro modo que no sea en lancha, porque todos los accesos terrestres están controlados. Y, cosas de la vida, no es infrecuente que embarcaciones de la Marina “resguarden” también las rutas por agua e impidan el paso. Es decir, que una zona entera fue arrebatada a sus pobladores legítimos para beneficio de unos empresarios que ganan millonadas con ellas. ¿Qué le dejan a la zona? Migajas en forma de salarios y de impuestos siempre escatimados.

Y, mucho me temo, algo similar pasará con el “parque temático”, por más cabriolas que hagan los acróbatas del Cirque du Soleil.