La peor noticia

Antes se enteraba uno de las peores noticias por llamadas telefónicas realizadas en horarios delirantes (nunca olvidaré aquella en la que, para avisarme de un deceso, me dijeron, a las tres de la madrugada de un jueves: “Fulano está muy bien, pero no puede decirse lo mismo de Zutano, francamente”). Ahora esa función la cumple Twitter. Hay mañanas en las que uno duda si picarle o no al iconito de la aplicación, so riesgo de tener que enterarse de golpe del nuevo atentado, de la nueva desaparición colectiva, del nuevo enjuague de Peña Nieto y la Gaviota, etcétera.

Así supe, por un vil tuitazo leído el pasado sábado, de la muerte del querido Nacho Padilla, antes siquiera de encontrarme con el par de mensajes en que amigos comunes me alertaban del accidente que sufrió. No hay buen modo de recibir una noticia destructora, es verdad, pero encontrársela de pronto rodeada de memes, citas de Jodorowsky y videos de gatos que comen caviar o bailan claqué linda con lo inaceptable.

Una vez que la noticia salta a las redes no hay nada que hacer y todo lo que suceda será malo, empezando por la costumbre de mandarles recados a las redes de los fallecidos. Siempre me ha parecido triste y doloroso leer los mensajes que les envían a las personas que han muerto como si pudieran leerlos. No sé si hay un género literario apropiado para encasillarlos. No son epitafios ni estelas funerarias. Son, en el mejor de los casos, muestras llanas de cariño y desesperación, y en el peor, de pura hipocresía (porque no falta el que se pare el cuello haciéndose pasar por inseparable del difunto y hasta reciba los pésames con mueca desencajada).

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Cada quien debe sobrellevar el luto como mejor pueda, creo yo, pero no todos pueden ser el muerto del funeral ni el florero de la mesa. A veces, casi contradiciendo lo que acabo de escribir, me sonrío al leer el mensaje de complicidad y afecto que se le envía a alguien que murió hace tiempo, como si aún estuviera allí, porque es un mensaje que quien escribe se envía a sí mismo, una caricia al aire. Pero no, nunca es lo mismo una cosa que otra. El tiempo hace la diferencia. Cuando pasan los meses (o los años) nos damos cuenta de quién escribe porque se lo dictó la víscera y quién para ver si le aplaudían.

Quizá porque soy poco efusivo (o porque soy uno de los últimos mortales que no se ríe cuando escucha la palabra decoro), pienso que las muestras de legítimo dolor les corresponden solamente a los cercanos de verdad: la pareja, los hijos, los íntimos. Un fan adolorido no deja de ser un fan. Un conocidillo posando como víctima es risible. Y, sin embargo, no veo nada de malo, sino mucho de provechoso, en pronunciar algunas palabras sobre el que se fue y en declararle nuestro respeto. Todo esto sirva como prólogo para decir: adiós, querido Nacho. Te vamos a extrañar.