La guerra de identidades

Hace unos días presencié la discusión entre un regiomontano y un saltillense. Ambos reclamaban para sus ciudades el mérito de ser la cuna del taco de fideo seco. Para quien no lo conozca, el taco de marras consiste en una tortilla de maíz requemada, rellena de pasta sin caldo y bañada, en ciertas versiones, con alguna cucharadita de crema. Es un manjar de la misma categoría a la que pertenecen la torta de tamal y el lonche de gordita: la redundancia calórica extrema. Al final, luego de argumentos y contraargumentos, el mesero del restaurante en el que cenábamos le dio la razón al saltillense. O se la dio a medias, porque aclaró: “Sí, estos tacos son de Coahuila, pero vienen de Sabinas, no de Saltillo”. El debate se reanudó de inmediato.

De este tipo de controversias inútiles entre identidades está formada la vida. El año pasado, de visita en Lima, Perú, cenaba con unos amigos en una terraza cuando observé que, por la acera, caminaba hacia nosotros un viejito que paseaba lo que indudablemente era un xoloitzcuintle, es decir, un perro sin pelo en el cuerpo, una cresta punk en la cabeza, un hocico afilado y unos ojitos negros de idolillo de barro. Antes de que pudiera decir nada, uno de mis amigos limeños lo señaló y dijo: “Mira, ese es un perro prehispánico peruano: solamente los hay en este país”. Es decir, lo mismo que nosotros llevamos años de decir de los xoloitzcuintle, pero usado en favor de su presunto origen inca. Aunque no suelo destacar por mi nacionalismo a ultranza, tuve que salir en defensa de nuestros derechos, respaldado por el contundente argumento de que nosotros tenemos una palabra específica para describir al bicho (“xoloitzcuintle”) en vez de una frase entera (“perro prehispánico peruano”), que además es defectuosa, porque le sobran por todos lados las pes.

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La esposa de mi amigo, que es persona muy sensata, acabó por decir que le parecía razonable que habláramos del mismo tipo de perro y que los orígenes de los animales no tienen por qué ajustarse a las fronteras de naciones que, por si fuera poco, ya no existen. Es decir, que el perro podía ser a la vez nahua e inca, sin que una cosa fuera en menoscabo de la otra (y acá ruego que ningún experto me mande pruebas irrefutables de que son dos bestias distintas, porque no sé hasta dónde nos pueda llevar una nueva alegata).

La primera vez que fui a Hidalgo a presentar un libro, un hombre del público esperó a la ronda de preguntas y respuestas para levantar la mano: “Usted que es de Jalisco ¿qué piensa de que su estado nos haya robado la charrería y el mariachi a los hidalguenses?”. “Yo creo que debemos regresárselos ahorita mismo”, respondí. Porque no hay manera de salir victorioso de la estúpida guerra de las identidades.