Así es hoy el mundo

Esta vez no quería emociones que pusieran mi corazón al borde del naufragio, ni tensión; tampoco aspiraba a ver un partido cerrado que se peleara palmo a palmo hasta el último segundo, aferrado al descansabrazos del sillón como a un último madero flotante en medio del océano.

No quería nada de eso. Sólo esperaba que los Halcones de Atlanta ganaran tranquilos, con un sosiego inalterable, como quien camina de la mano de su amor en el atardecer sin tiempo de una playa desierta.

La primera mitad del Super Bowl se consumía, Lady Gaga se preparaba para el espectáculo y los Halcones ganaban a los cuatro veces campeones Patriotas por 25 puntos.

Ese 25 lo tenía todo. Vein-ti-cin-co. Sonoridad, convicción, inmunidad.

Si pronunciaba al número así, despacio, al llegar a la “t” y encajar la lengua entre dientes confieso que sentía el placer del escarnio, un profundo: “Patriotas, esta vez perdieron, ahora sí viajarán dentro suyo todos los quemantes fluidos de la derrota, ese tormento en venas y músculos de un veneno que no mata y que por eso duele tanto: acuchillando las entrañas nos deja vivos para que probemos cada gama de la tristeza”.

Con el café en su mano, apacible, mi hermano dijo: “Ojalá los Patriotas anoten para que en este partido haya alguna emoción”. “No, Juan –le respondí-, que no anoten nada: ni un gol de campo, ni un safety. Nada. Ya lo han ganado todo. Ganan, ganan, siempre ganan”. No me respondió. Y ante ese silencio retomé la palabra: “¿Has visto a la afición de los Halcones? Como ningún otro equipo de la NFL son negros. Negros casi todos, que nunca vieron ganar a su equipo un campeonato”. Quería que mi hermano entendiera que el núcleo humano de la escuadra del estado de Georgia palpitaba en África, eran los desposeídos herederos de los esclavos, mujeres y hombres que en cruel línea de continuidad casi siempre tienen menos dinero, oportunidades, respeto, ilusiones. Y como el deporte y la vida se parecen tanto, los abatía la fatalidad: en 51 años de existencia jamás habían logrado un título.

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Fue hora de asestar un último golpe de conciencia (también para eso existen los hermanos mayores): “Bill Belichick es amigo de Trump, y también lo es Tom Brady, que lo apoyó en campaña. Trump es fan de los Patriotas y será muy feliz si ganan”. Mi madre, que dormitaba en un sillón afectada por la migraña y que pese a su sabiduría para la vida no consigue entender qué es un primero y diez, en cuanto oyó “Trump” abrió un ojito, miró la pantalla y entre sueños murmuró: “No, por favor que no ganen”.

Ganaron. Mi hermano se lamentaba en un “yo no quería esto”, mientras la ventaja de 25 puntos se extinguía con lentitud, inexorable, como si la boca de una fuerza oscura soplara con suave y perversa seguridad la última partícula del pequeño fuego de la esperanza: Atlanta se hundía en desconsuelo y los Patriotas de Nueva Inglaterra lograban lo inconcebible a segundos del final. Ni siquiera esta vez, con esos 25 puntos que eran una distancia sideral, vencieron los vencidos.

Ganaron los de siempre. Ganaron porque así es hoy el mundo.

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.