Ciudad de necios | Meade y el hijo de Cuarón

“Nuestros parámetros de respeto están dislocados: respetamos al que chinga, al gandalla, al que supo hacerla a costa de otros”

Necios que ven en personajes cuestionables el ideal del éxito. Necios que ven en los vulnerables comidilla para burlas y memes

México es caldo de cultivo para todo. Todo, por más perverso y miserable que sea; por más bondadoso y amoroso que imaginemos. No hay límites, sobre todo para el aprovechado que quiere ser gandalla con el de junto, y para el aprovechado que ve negocio donde no debería existir. Hay límites, pero los mexicanos no los respetamos; no los vemos, y si los vemos los brincamos, los ignoramos, nos los pasamos por el arco del triunfo. Por eso digo que no hay límites, porque al no respetarlos los anulamos, es como si no existieran.

Dos casos, que sin la menor intención de forzar sus vínculos entre uno y otro, se me vinieron a la mente de pronto. Chéquense: Meade se une a HSBC y el hijo de Cuarón es la comidilla de las burlas en redes sociales.

Comienzo con José Antonio Meade… ¿Se acuerdan de este compa? Formó parte del gobierno (es un decir eso de “gobierno”) de Felipe Calderón y luego del gobierno (exageré) de Peña Nieto pasando por secretarias como las de Energía, Relaciones Exteriores, Desarrollo Social… y Hacienda. ¿Y saben ahora dónde va a trabajar? En HSBC, como consejero y parte del Comité de gobernanza corporativa y de nombramientos del grupo bancario. ¡Chambota! Se me hizo agua la billetera.

¿Cuál es el límite que un exfuncionario público se plantea para conseguir un empleo en la iniciativa privada después de conocer tanta información (tan sensible) del gobierno mexicano? Para Meade, el límite fue el tiempo constitucional: diciembre de 2017, el último como secretario de Hacienda y los meses posteriores cuando administró en campaña dinero público, tuyo y mío, buscando ser presidente cobijado por un partido del que se apropió un grupo de políticos presuntamente corruptos de quien Meade supo todos sus pecados (o eso supongo dados los cargos que tuvo) sin denunciarlos o ¿resistirse a sus encantos? ¿Cuál es el límite para rodearse de quienes se rodeó Meade? ¿Qué límites se pondrá para no compartir información privilegiada (esto no es comprobable ante la Constitución) en favor de HSBC, un grupo financiero polémico involucrado en acusaciones de lavado de dinero y fraudes? ¿Qué necesidad? ¿Pues no que era diferente? Las respuestas ojalá vengan pronto. En lo que vienen, deduzco que estas chambas y chapulineos los vemos normales en México. Es más, hay para quienes se trata de una aspiración.

Y luego, el otro asunto: nosotros, ciudadanos incólumes, críticos corruptos de la corrupción, indignados por la situación del país, pero promotores de las faltas de respeto en nuestras casas y en las ajenas, indolentes con tantos abusos y fervientes creyentes del “qué tanto es tantito”: ¿qué límites nos ponemos los chilangos, los mexicanos, los de la República Autónoma de las Redes Sociales?

La respuesta tiene varias aristas. La primera de estas la veo en lo miserable que llevó a muchos a burlarse de Olmo Teodoro Cuarón, hijo del galardonado cineasta mexicano Alfonso Cuarón: que si sus caras durante la alfombra roja de los Oscar, que si sus gestos, que si se estaba burlando de los medios, que si estaba haciendo payasadas… Hasta que les recordaron: ¡el joven tiene autismo! Y todo empeoró: se volvió el blanco de pitorreos, de memes y de lo sin límite. ¡Que se limiten ellos que son los que tienen discapacidades! Estamos educados para sentir lástima por ellos, no respeto. Ya no hablemos de cómo los limitamos para vivir en nuestras ciudades, en nuestras comunidades (reales o virtuales): si tienes una o varias discapacidades, no puedes vivir en nuestras calles, escuelas, centros comerciales y laborales porque no están hechas para ti, como tampoco lo están las redes sociales en México. ¿Si tienes autismo no tienes membresía para obtener respeto?

Nuestros parámetros de respeto están dislocados: respetamos al que chinga, al gandalla, al que supo hacerla a costa de otros. Nos parece normal atropellar la ética y a los vulnerables… No sé, leí esas dos notas en los periódicos y me encabroné. ¿Ustedes qué piensan?