De contemplar

Siempre he sido una mujer de contemplación. No, no se rían, me gusta ver paisajes. Me fascina ver ese mar en mi guarida de surfers en Ensenada. El ejercicio de observar en tranquilidad me serena, y, sin actos divinos pero sí espirituales, ver paisajes hace reflexionar y volver al pasado.

Me gusta pasear por parques y no importa su tamaño, geografía o dimensión, me invitan a observar, a ver lo que se sueña, se come, se susurra y se escucha en ellos.

Cada quien su psicoanálisis, dicen. A mí, los parques y las plazas me invitan a la memoria, la reciente, la profunda, la que ya perdiste. El Zócalo de la CDMX, por ejemplo, me vuelve a la infancia estando asomada por la ventanita del reloj de Catedral entendiendo anonadada mi ciudad y al aroma de las comidas de león y armadillo en Don Chon.

Cuántas historias mías, de vida y de paladar a través de los parques. En otro parque, Lumpini, en donde los dragones komodo caminan entre los que practican tai chi, pienso en el mejor jugo de mandarina que he bebido en la vida y la mordida de la piña más dulce jamás. ¿Cuántos serán en total los elotes con sal y limón que me he comido, contemplando, en las plazas de pueblos de mi país?

Hace unos días caminaba en el parque Tezozómoc impresionada por su historia y su flora. Entre vereditas había chicharroneros, raspados y un puesto de mangos con chile. Pensaba en las anécdotas de mi abuelo comiendo petroleras con conocido líder sindical en las inmediaciones de Azcapotzalco, y sonreí con él por la que recién me comí hace unas semanas, pero con bistec.

Una banca en un parque es un viaje en sí mismo. Estar bajo la sombra de árboles de castaña comiendo cerezas y pan en la Place des Vosges es un rito sanador. Una larguísima banca en la orilla de Kensington Gardens me transporta a mi búsqueda incesante por las mejores cúrcumas para mejores currys que los de mi abuela y que hoy compiten con los de mi tío Jaime (dice).

Me sigue gustando ir a Chapultepec a imaginarme comiendo pastel de fiestas ajenas con mi padre como deporte dominical. Vinculo profundamente la contemplación con los recuerdos del sabor. Me cuentan que fui bautizada bajo un rito pagano en un bellísimo parque, quizá por ello que mi espiritualidad es esa, un generoso sabor de la memoria contemplativa.