La fiebre de Bartolo

Recuerdo a Bartolo caminando entre veredas que aparecen y desaparecen en las montañas lluviosas de la Sierra Sur de Oaxaca. El agua forma en el camino charcos de lodo que son burlados con naturalidad por el indígena nativo de la región de Los Loxichas, a quien conocí hace nueve años, cuando me llevó a recorrer el hambre de su pueblo. Hacía calor en medio de la interminable llovizna que resbalaba sobre los techos de tejamil de las casas desperdigadas en la comunidad de Piedra Virgen.

-¿Hay aquí muertes por falta de alimento?- le preguntó el fotógrafo que me acompañaba.

– No. Nosotros conseguimos maíz- respondió Bartolo.

– ¿De qué muere la gente en Piedra Virgen?

– Aquí lo que tenemos son enfermedades naturales.

– ¿Cómo cuáles enfermedades naturales?

– Como la diarrea, la calentura y la gripa…

Bartolo era el encargado de salud de la comunidad loxicha de Piedra Virgen. Andaba a su paso y esa vez nos llevó a conocer bebés de 5 meses que roncaban al respirar y a niños tan débiles que no podían ponerse en pie por su cuenta. Este campesino que nos guiaba no sabía nada de medicina, pero era uno de los pocos que además de zapoteco, hablaba español. Su labor consistía en recibir cada mes al médico de Miahuatlán –cuando iba- a esta comunidad indígena de Oaxaca, que, de tan lejana, ni siquiera es censada en muchos estudios oficiales sobre la marginación.

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Con su espalda encorvada, Bartolo recorría el horizonte de la serranía y el de esos abismos repentinos que aparecen inconmensurables durante la caminata. Cuando se está fuera de las ciudades, la naturaleza, la geografía y el clima tienen una mayor capacidad de impacto. El horizonte, oculto entre los edificios de la ciudad, en el campo es inmenso, inabarcable.

Pero el horizonte que perseguía Bartolo en Los Loxicha era otro: el horizonte del hambre que ronda esas montañas; no el del esplendor que se ofrece a la vista de los caminantes.

Por esas fechas, una helada había arrasado con las siembras de maíz de Piedra Virgen. Luego de que se quedaron sin alimento, como en la mayoría de las ocasiones, los pobladores se las ingeniaron para conseguir maíz comprándolo en las tiendas oficiales o recibiéndolo de líderes del PRI o PRD a cambio de entregarles sus credenciales de elector.

“El maíz no nos alcanza. Cada vez es mayor lo que cuesta y nuestra economía es menor”, me explicaba Bartolo, con un español intrincado. Además de comer el maíz, los hombres y mujeres de Piedra Virgen recogían yerbas amargas del suelo para que sus estómagos no estuvieran vacíos. Chepil, yerbamora y quelite son recolectadas y cocidas después en vasijas con cilantro y sal.

La dieta forzada de aquel lluvioso mes de junio en que conocí a Bartolo, les aportaba a Los Loxicha la posibilidad de comer unas hormigas gigantes de color oscuro llamadas “chicatanas”, las cuales envuelven en tortillas y son masticadas con sal. Ese fue el delicioso manjar que comí aquellos días.

Recuerdo a Bartolo porque acaban de decirme que murió hace unos días después de una larga fiebre. Esa, la larga fiebre en que viven y mueren millones de nuestros anónimos compatriotas.

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Testigo y narrador de conflictos del primer cuarto del siglo XXI en México y otros países. Su más reciente libro es Slim (Debate, 2015). Participó en la Comisión de la Verdad de Oaxaca que investigó y consignó a funcionarios por ejecuciones extrajudiciales y actos de tortura. Cofundador de agenciabengala.com.