¿Quién es dueño de qué?

Atenazados por un poder económico y político asfixiante, solemos verter nuestro descontento y nuestra rabia hacia las cúpulas que lo detentan. Poco pensamos en la manera en la que nuestras vidas contribuyen a propagar ese nefasto sistema de enajenación, consumo y segregación que justamente ostentan aquellos que vilipendiamos. En el centro de la dinámica egotista que define nuestro comportamiento gregario se encuentra la falta de empatía. En las tres grandes elecciones que el mundo ha presenciado este año ha triunfado el miedo a los otros, la guerra a lo diferente. En tiempos de emergencia como los actuales, en los que es difícil conservar la fe en los valores prototípicamente humanos, mirar a los demás no sólo es algo deseable sino puramente existencial. Comprender el dolor ajeno, atender las necesidades de los otros, es el único camino que se presenta como viable para resarcir el colapso social y espiritual que nos aqueja.

Llega, 15 años después de haber cancelado su exposición en el Museo Tamayo tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001, la obra de la artista Barbara Kruger a la Ciudad de México. Factor decisivo: no llega a un museo sino a un espacio público: la estación del Metro Bellas Artes. A través de una instalación tipográfica, en la que se imprimen frases sobre las paredes como “¿Quién es dueño de qué?”, “¿Quién escribirá la historia de las lágrimas?”, “¿Quién está más allá de la ley?” u otras que interpelan la idea de la guerra o la idea de la insuficiencia, Kruger nos obliga a hacer un alto en el camino, a pensar, a mirarnos y a través de este ejercicio esencial, aprender a mirar a los demás. Con los colores patrios, Kruger pone el dedo en la llaga con preguntas que, de tan evidentes, producen vergüenza: es increíble que no pensemos en ellas todos los días.

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El arte, copado por círculos prohibitivos y potentados, tiene en su naturaleza un germen transformador. Posee la capacidad de interpelar la existencia y cuestionar el rumbo de la inercia. Nos detiene, abre nuestros oídos y, en sentido último e ideal, nuestros ojos. O mejor dicho, nos provee de nuevos ojos con los que aspiramos a reconstituir una realidad distinta. La obra de Kruger —presente en el tránsito de la vida cotidiana de cientos de miles de personas— implica un acto fundamental en nuestro tiempo: la escucha. Invoca el tipo de silencio necesario para el pensamiento y en ese silencio, lejos del ruido y la estridencia de la vida cotidiana, podemos reconocer aquello que nos hace semejantes a los demás.