El día de los vivos

Se ha vuelto un insidioso lugar común decir que en México todos los días son días de muertos. Esto permitiría que, así como mi mamá deja su árbol de Navidad hasta después de semana santa, uno podría dejar su ofrenda de muertos prácticamente todo el año.

La muerte está de moda. Cada mañana cuando salgo de casa y paso frente al puesto de periódicos saludo por lo menos a dos o tres cadáveres, casi siempre el de una mujer que fue asesinada y agredida sexualmente, el de alguien que murió en un accidente de tránsito y el de alguna víctima del narcomenudeo. Evidentemente ellos sólo son una minúscula representación de los muertos de cada día, los que llegaron a los diarios.

A nadie le escandaliza eso; la muerte de los que somos no es tema o por lo menos no es un tema tan apasionante para el debate público como las lentejuelas de Juan Gabriel. Nos queda claro que así como los suecos dan el Nobel y los gringos dan el Óscar, las mexicanas y los mexicanos nos morimos. Ese vendría siendo nuestro súper poder.

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En algún momento el Día de Muertos tuvo la función de hacer visibles a los invisibles, de darles voz a quienes no la tenían, ya fuera por ser minorías o grupos vulnerables e históricamente discriminados, así como el Día de la Madre, o el Día de la Comunidad LGBTTTI, pero las cosas se han ido torciendo y ha llegado el momento en que es preciso, no necesariamente celebrar todos los días el Día de Muertos, sino más bien instituir de facto el Día de los Vivos.

Si algo hay que hacer visible el día de hoy es la vida, porque de los muertos se habla demasiado todo el tiempo. Y por los muertos no podemos hacer mucho, pero sí podemos hacer mucho por los vivos que no deben morir. Los homicidios aumentan y cada vez son más violentos; la indiferencia que los rodea tanto por las autoridades como por nosotros los normaliza, los vuelve el pan de muerto de cada día. Y la vida, más devaluada que el peso, cada vez vale menos que en “Camino de Guanajuato”, la canción de José Alfredo.

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Músico, poeta y loco, alter ego de Monocordio, conductor del programa "El Weso" y autor de "El Diccionario del Caos".