La tragedia interminable

¿Qué se hace con sucesos así como los de Nuevo León?, ¿qué pensar?, ¿cómo entenderlos?, ¿acaso es posible entender algo así, buscarle alguna explicación a la locura, buscarle orillas al abismo, razón a la sinrazón? ¿Cómo procesar-digerir-masticar estas ganas de estallar, de romperse, de renunciar a la especie humana, de caerse del mundo, de revertir la evolución y volver a ser un simple primate desarmado?

Escucho y leo aturdido lo que se dice en los medios y redes sociales sobre el acto de este adolescente que decidió asesinar a su maestra y compañeros en plena clase, para después dispararse a sí mismo, y percibo cómo evadimos de distintas formas el hecho terrible en sí y nos ocupamos de si se debían mostrar o no las fotografías, o de si hay que hacer obligatorio el Operativo Mochila, o de si hay que linchar a los padres o a las autoridades o a alguien.

No sé qué pensar al respecto. Imaginar el horror y la locura a la que hemos llegado me quiebra, me bloquea, me emputa, me avergüenza. No sé a quién culpar de algo así. No sé cómo entenderlo. Me gustaría creer en el dios en el que creían mis abuelas para por lo menos tener alguien a quien preguntarle: ¿por qué?

Cantaba Silvio Rodríguez: “Lo más terrible se aprende enseguida, lo hermoso nos cuesta la vida”, pero ¿qué se aprende de lo terrible? ¿Cuál es la enseñanza de todo esto? ¿Qué aprendemos de ver a un niño de 15 años asesinar a su maestra y compañeros? ¿Qué aprendimos de actos de violencia como los de Playa del Carmen? ¿Qué aprendimos de saber que el gobierno de Veracruz dio agua en vez de sus quimioterapias a niños con cáncer? ¿Qué nos enseñó la tragedia de Iguala o la de la Guardería ABC?

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Decía la teodicea de Ireneo que el mal y el sufrimiento son necesarios en el orden divino para alcanzar la virtud moral y la cercanía con Dios. Lamentablemente en el caso de México no me parece que el mal y el sufrimiento nos hayan llevado a la “verdadera moral” que proclamaba Ireneo de Lyon; al contrario, parece que lo peor de lo que nos pasa en nuestro país es que ni siquiera las tragedias nos dejan una enseñanza, solo se suceden unas a otras, mecánicamente, sin que nadie aprenda nada sobre cómo hacer que no vuelvan a suceder.

La tragedia nos habita y nos trasciende. Nos ha poseído como un demonio insaciable y no parece haber exorcismo capaz de salvarnos. Solo esperamos que en la siguiente no estemos incluidos. Y mientras tanto hablamos y opinamos y señalamos, porque se ha vuelto una manera de no ver. Porque lo más cabrón para nuestra sociedad, lo que en realidad se ha vuelto insoportable para nuestra evasiva indignación ante el horror es guardar silencio.

Por eso no aprendemos nada.