Postal portuguesa

El problema con Portugal es que una botella de buen vino sale más barata que una caguama. ¿O ese no es un problema? Prácticamente hice mis libaciones diario. Vino verde de rutilantes reflejos. Embriagador y delicioso. Mi terapeuta me va a volver a amonestar. El gran aprendizaje que me traigo del viejo continente es que es fundamental dejar de pensar en España como la aduana preponderante. Deshispanizar es una palabra bonita pero fea. Portugal es “barato”, encantador por depre y, según el embajador, cuenta con apenas 200 mexicanos registrados. ¡Esos son muy pocos mexicanos! La liga de futbol es interesante y los equipos importantes se lían en Champions, los postres son deliciosos, los edificios parecen pasteles mal cortados y los lusos entienden el español a la perfección si no hablamos tan cantadito.

En busca de un castillo que precisamente la ingesta de alcohol ocultó para siempre, caminé por las calles de Lisboa con mi amigo que vive acá desde hace algunos meses. Estábamos ceremoniosos y las tumbas del futbolista Eusebio, del conquistador Vasco da Gama y de Amalia Rodrigues nos entusiasmaron. Decidimos pasar del verde al tinto. Unos gitanos se peleaban en la mesa de al lado, que no era mesa: era una banqueta desde la que se veía un cacho de playa de río y decenas de azoteas anudadas y sin la pretensión de verse bien. Los dos amigos recordábamos tiempos más sencillos, como quien compite por salir bien en una foto. Esos tiempos pasados en los que aún no se acentuaban tanto nuestras nefastas personalidades.

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Haciendo evocación de lo hermosas que son las partes más horribles de la mexicanidad, recordamos esa cámara escondida que hacía Eugenio Derbez para el Mundial de Estados Unidos. El comediante encuestaba a una muchedumbre: “¿Qué jugadores mexicanos anotaron goles contra Alemania en Italia 90?”. O alguna pregunta falsa por el estilo. Entonces su palero, Gus Rodríguez, pensaba en voz alta “Yo me sé esa respuesta. Yo me la sé. Bruno Díaz y Ricardo Tapia”. Acto seguido: alguien en el grupo de aficionados acaparaba el micrófono y gritaba emocionado: “¡Bruno Díaz y Ricardo Tapia!”. Creo que había un premio involucrado.

Eugenio Derbez finiquitaba la broma acotando que esos eran más bien Batman y Robin.

Mi amigo y yo nos reímos fuerte, a estridentes carcajadas que le molestan a los del negocio. Ordenamos otro litro. Pan, aceitunas, presunto. Y así, rodeados de respuestas erradas que nos susurra la gran pachanga mexicana, brindamos por un país que está enfermito desde que éramos unos niños.

Vaya par de tarados recordando chistes de Derbez.

Este es mi informe final. Espero que no se me tome por fatuo por haberles compartido un par de párrafos acerca de mi primera travesía intercontinental. Resta que el tiempo la exagere y embadurne con su almíbar idiota.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".