El rey Midas de la caca

A mediados de los años noventa en el piso de hasta abajo en el centro comercial Plaza Inn había una tiendota cuyo nombre mi memoria borró. No he perdido, en cambio, la evocación del asombro que me provocaba entrar ahí. Sólo en ese sitio se podían conseguir cereales que parecían salidos de otra galaxia. Captain Crunch, Count Chocula y Cocoa Pebbles. Recuerdo las cajas alineadas en estantes piramidales. Los juegos y dibujos en el revés de los empaques se me presentaban como auténticos enigmas. Esa Navidad le pedí al Niño Dios un diccionario Inglés-Español para poder comprender en su totalidad la Saga de la Phoenix Obscura. También vendían los vehículos de las Tortugas Ninja que no se conseguían ni en la más especializada fayuca. La goma de mascar se presentaba en láminas y había caramelos de opacos reflejos en forma de anillo de compromiso. Mi familia se embelesaba de igual manera. Los foquitos navideños no se fundían. La pasta de dientes aseaba más. Las barbies traían más accesorios. Los jabones provocaban mejor espuma. En ese local escuché a mi tío doctor afirmar que la aspirina gringa era mejor que la mexicana.

Uno se volvía consciente de que existe algo llamado “naciones” viendo los noticieros nocturnos y jugando al Basta.

“Declaro la guerra a mi peor enemigo que es…”

Cuando no me lo ganaban mis primos o vecinos, el país que yo elegía era Disneylandia.

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Desde niños nos inoculan, a una buena parte de los mexicanos nacidos el siglo pasado, la idea de que arriba existe algo llamado Estados Unidos donde todo es mejor. Venían de allá los videojuegos, El Rey León, los tennis con foquitos, las estampas que brillaban en la oscuridad, las chamarrotas de los Hornets y las tetas de Pamela Lee. El sueño americano: una sucesión infinita de fantásticos delirios y entelequias recién desempacaditas.

Trump también es un producto. Un producto de la democracia. Un producto lleno de ingredientes perennemente caducos, repugnante y monstruoso; todo lo que toque va a heder. También es el presidente electo de la nación más poderosa del globo del agua y de la tierra. Se vienen años terribles de sorna y asombro. Asombro del gacho. Que la estupidez venga con candileja. Que con la misma potencia con que me impresionaron de niño los bombones adentro del cereal se ilumine todo lo malo en la nación vecina. Era padrísimo cuando te dabas cuenta de que Los Simpson eran mucho más que Bart diciendo “ay, caramba”. El sueño norteamericano, digámoslo con la metáfora más burda del catálogo, es una pesadilla. En ese sentido qué bueno que exista “el loco ese”, como lo llama Diego Luna en un anuncio de cerveza. Quizá gracias a productos tan grotescos como Trump los nuevos mexicanos nazcan ya sin malinchismo.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".