Población: 9 millones de extras

Escribo esta columna desde un restorán en la Anzures donde preparan un emparedado abierto que sencillamente adoro. Tiene uvas y pera. Si pido agua del filtro incluso me sale medio barato el trámite. Cuando trabajaba por acá lo comí durante 6 meses, un día sí y un día no. En la mesa a mi lado hay un grupo de norteamericanos treintones, asoleados y en bermudas. Ellos ordenan sopa, plato fuerte y una botella de vino, además, claro, de las chelas que libaron presurosos en lo que estudiaban el menú que, según recuerdo, no era bilingüe la última vez que vine.

A ver, pero concéntrate, Gabriel. ¿De qué quería escribir esta ocasión? Oh, claro. El 31 de diciembre, después de cenar en casa de mi mami, tomé un taxi hasta mi hogar. Reforma seguía cerrado debido a la celebración en el Ángel. Me bajé de la unidad sobre Río Rhin a cinco cuadras de casa. No pasaba de la una de la madrugada. La avenida, literalmente, estaba bardeada por camiones perfectamente rotulados con el logo de la CDMX, púrpuras y recién aseados. El transporte de los paleros venidos desde quién sabe dónde para pasarla chévere en la fiesta de fin de etapa que el gobierno organizó este año. Camiones y camiones de acarreados que asegurarán una gala sin tropiezos ni gritos iracundos de injusticia social ni coros fuera del guion. Vaya cinismo.

Lo que me recuerda que hace unas semanas antes del fin de año decidí irme caminando desde mi casa hasta el Zócalo para amaestrar un calzado nuevo y buscar a Richard Wright en las librerías de viejo que sobreviven en Donceles. Al llegar a la Alameda Central no se me permitió el acceso. Los policías no me dieron razón alguna de por qué no podía ir a ver la máscara mortuoria de Beethoven al lado del palacio porfirista de las Bellas Artes. No hay paso, no hay paso; me dijeron reiterativamente. Sólo les faltaba la quesadillota del afamado meme.

Me sorprende cómo los gringos siempre dejan despectivamente un último buche de líquido en los vasos o botellas. Será porque ya se calentó el contenido o nomás porque sí… porque pueden. Para ellos no existen las “gotitas de la alegría”.

No se puede y no se puede, me dijo un oficial reiterativamente. Tuve que regresarme a casa encabronado. Luego me enteré de que no me dejaron pasar porque Mancera andaba paseándose con otros gobernadores de ciudades relevantes en el primer cuadro de la ciudad. Me imagino que ese día tampoco hubo diablitos que te golpearan los talones ni se pusieron las paupérrimas botargas de Madero ni los vendedores de dvds clon y que regresaron a sus casas a los organilleros que no tuvieran todos sus dientes.

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Los gringos piden sendos postres y tequilas, como digestivo. Uno muy arriesgado y que ya estuvo en Oaxaca se zampa un mezcal artesanal. Van a dejar el 15% de propina. Me da gusto por la mesera. Tampoco es que sea yo un antiyanqui o algo así. Es una idiotez mayúscula no entender que nos hace bien su dinero. Es sólo que, vaya, a estos cabrones les sale muy barato el sueño mexicano. Cómo no vamos a ser un destino turístico de lujo según un periódico neoyorkino si con escasos US dollars les alcanza acá para todo. ¡Para todo!

Total, que el centro histórico estuvo clausurado para el chilango promedio esos días. Hoy, uno pasa en el metro por la estación que Mancera atravesó con sus invitados internacionales y los muros están brillosos, el suelo impoluto, hay teles, señalética clara y anuncios publicitarios multiculturales y teledirigidos. Luego sigue la estación La Merced y el encanto termina. Impera la cochambre. Nuestros gobernadores nos tratan como extras que no usaron a la mera hora. Existimos para que la fantasía de los turistas que votaron por Trump tenga vigencia. Antes les alertaban en sus guías de viaje: Don’t drink the water. Al paso que vamos en Paseo de la Reforma sólo habrá agua para ellos. Todas las noches escasea el líquido en mi vecindad. Lo están chupando y almacenando para los hotelotes nuevos del rumbo, esos desde cuyas ventanas se le ve la nuca sucia a mi Ángel de la Independencia.

Pedimos la cuenta al mismo tiempo. Mis vecinos del imperio observan el ticket y hacen este rostro que todos les hemos visto a los de su gentilicio. Ese rostro, mezcla de asombro, porque aquello es muy poco dinero, y burla, porque aquello es muy poco dinero.

Pago mis consumos. Un emperador Nezahualcóyotl y un don Benito. Ambos me miran desde su billete, lucen optimistas, como recién pasados por la app esa que te hace ver más lozano y sin arrugas. Extras de una devaluada historia nacional. Supongo que recién les hicieron un peeling a nuestros viejos héroes. Recibo, morralla, una Piedra de Sol pasada por demasiadas manos. Me salgo caminando y me pierdo, cabizbajo, entre la muchedumbre chilanga del Paseo del Emperador que regresa a sus oficinas luego de la hora de la comida.

El sándwich me supo a comida de catering.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".