Un viejo barrio llamado Twitter

Fue en 2009 cuando entré por primera vez a Twitter y todavía recuerdo la ilusión que provocaba en aquellos años. Por fin, una red en la que no tenías que seguir a gente a la que conocías —como en Facebook—, sino a la que te gustaría conocer.

Twitter irrumpió en nuestro mundo digital con varias promesas que cumplió. Por ejemplo, al permitirte seguir en tiempo real lo que ocurría en cualquier parte del mundo donde hubiera alguno de sus usuarios, al mismo tiempo que facilitó como nadie una comunicación más horizontal entre todos los participantes.

Esos dos elementos hicieron de Twitter un espacio único y por eso fue tan refrescante, no sólo para el ámbito personal, sino para el debate de la agenda pública. Poder seguir y sobre todo interactuar con otros con temas afines, incluso con figuras públicas, resultó alentador, en especial  cuando parecía una alternativa a un mundo tan vertical, lleno de jerarquías y barreras.

Lo malo es que al paso de los años mucho de eso se ha ido perdiendo. Las personas fueron cediendo su lugar a asesores, community managers y hoy a empresas de estrategas y operadores que poco tienen que ver con la persona que aparece en la foto de la cuenta.

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Las conversaciones se fueron llenando de bots y trolls, y hoy resulta muy complejo poder navegar sin toparse en algún momento con los ejércitos de cuentas (y personas) falsas que buscan distraer la atención o generar trending topics artificiales, que lo único que muestran es el tamaño del presupuesto de quienes los promueven.

Habrá quien piense que el problema no es de Twitter sino que soy yo, pero hay evidencia que dice que no soy el único que tiene la sensación de que nuestro querido barrio ya no vive sus mejores momentos.

La red no crece significativamente en usuarios, el modelo de comercialización no termina de despegar ni de convencer a los anunciantes y los intentos por conseguir un nuevo dueño no han prosperado, lo que ha marcado una notable caída en el valor de las acciones de la empresa en las últimas semanas.

Twitter sigue siendo un espacio genial para leer a gente de primera, para ver contenido relevante, para conversar con personas interesantes, sin embargo el ambiente de odio —las shit storms que denuncia Byung Chul Han en su libro En el enjambre— y los ataques y amenazas desde cuentas anónimas son también una realidad.

¿Podrán sus actuales directivos corregir los fallos para relanzar la red ante el predominio de Facebook en sus múltiples presentaciones (Facebook, Instagram, Whatsapp)? ¿O será que nos toque ver la caída de un espacio que tantas alegrías nos dio, que hace cosas como ninguna pero que no ha logrado resolver sus problemas estructurales? Como fan, deseo y espero que la empresa encuentre la salida y que el viejo vecindario sea de nuevo un lugar en el que muchos queramos estar.