Presidente reprobado, país sin medallas

En la ceguera del poder, José López Portillo repartió cargos a su esposa, su hermana, su hijo y un hermano. El abogado Luis Echeverría despidió a su secretario de Hacienda y tomó en sus manos la política hacendaria. En un acto de generosidad republicana, Andrés Manuel López Obrador autorizó un salario de 60 mil pesos a su chofer y Nico se estrenó en la carrera de relevo de huesos en las administraciones perredistas. En la lógica priista del poder, el presidente Peña nombró a Alfredo Castillo, un funcionario gris con 20 años en la procuración de justicia, titular de la Comisión Nacional del Deporte.

En México la lógica es el razonamiento de las ideas ausente de un ejercicio político en el que la norma es la abyección y el absurdo. Si López Portillo hizo jefe de la policía al Negro Durazo, un hombre cuyo único mérito era ser un amigo de la infancia, nada impidió a Peña nombrar a Castillo jefe del deporte nacional, sólo porque Castillo practica el tenis desde niño, en la misma lógica bizarra en la que en el delirio Calígula nombró senador a su caballo Incitatus.

Hace un tiempo un amigo me decía que no le parecía justo que se culpara al Presidente de todo lo que sucede en el país. Peña no es responsable de los actos de los hombres y mujeres que forman parte de su equipo de gobierno, como a un padre no se le puede responsabilizar por todo lo que hacen o no hacen sus hijos.

Pero Peña es el presidente, cabeza y responsable de las decisiones más importantes del gobierno y por su escritorio pasan los principales nombramientos y las decisiones más importantes de la administración pública. Por esto, es preciso preguntar al Presidente:

¿Por qué decidió nombrar titular de la Comisión Nacional del Deporte a un funcionario sin ninguna experiencia, participación ni reconocimiento en el deporte nacional?

¿Cuál fue la (i)lógica política de esta decisión cuando las olimpiadas estaban en la puerta?

Hay que poner las cosas en contexto. Pese a todo, a su inexperiencia, su desconocimiento y su incapacidad, sería absurdo y poco útil culpar sólo a Castillo del rotundo fracaso de la delegación mexicana en los juegos de Río de Janeiro. En medio se encuentra una serie de elementos imposibles de ignorar, de manera relevante la mafia en la que mutaron las federaciones deportivas con el transcurrir de los años y las décadas.

Este factor no puede ser atribuible a Castillo ni al presidente Peña, pero está íntimamente ligado al régimen del que ambos forman parte, y al PRI, el partido en el que militan y que los llevó a los cargos que ocupan. Igual que la CNTE, la disidencia magisterial que apoyó años atrás porque convenía a sus intereses, el régimen ha protegido a la mafia del deporte porque era y es parte del sistema.

¿Qué debe entenderse por mafia en el deporte alentada y tolerada por los gobiernos priistas?

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Un buen ejemplo puede ser el empresario Mario Vázquez Raña, muerto hace un par de años.

El empresario Vázquez Raña pudo mantenerse como presidente del Comité Olímpico Mexicano de 1974 a 2001 gracias a su amistad con los presidentes surgidos del PRI, y pese al pobre y vergonzante récord de medallas olímpicas durante su gestión. A Vázquez Raña el país le debe, en contraste, la herencia negra de las federaciones deportivas y la forma torpe, oscura y corrupta en la que se conducen y toman decisiones sobre los atletas mexicanos.

En el delirio de la derrota, Alfredo Castillo ha dicho una serie de estupideces que no vale la pena repetir, excepto una que arroja luz sobre la lógica del poder en el régimen priista:

“La Conade –dijo Castillo tras besar a su novia en público en Río– es una agencia de viajes”.

Cuando fue Comisionado en Michoacán, Castillo construyó un altar de culpas ajenas para eludir su responsabilidad en el caos que envolvió a la entidad durante su gestión: culpó a Felipe Calderón de la violencia descomunal y culpó al PRD del surgimiento de los caballeros templarios.

Ahora que México está cada vez más cerca de su peor desempeño en unos juegos olímpicos, Castillo recurre otra vez a su desvergonzado hábito de echar culpas a todos lados y no admitir ninguna responsabilidad.

Culpó a la Federación Internacional de Natación de los pésimos resultados de los clavadistas mexicanos, culpó a los periodistas de ocuparse de algo intrascendente como fotografiarlo con su novia en Brasil, culpó a las federaciones deportivas de que la vitrina mexicana esté vacía de medallas y de manera inconsciente culpó a su jefe el Presidente y al Gobierno Federal de tolerar que la Conade sea una agencia de viajes cuya única misión es aportar un presupuesto y transportar a los deportistas.

¿Por qué si tenía claro lo que la Conade era, Castillo aceptó esta infame misión?

Por la misma razón por la que el caballo Incitatus fue nombrado senador, Durazo jefe de la policía y la familia de López Portillo formó parte de la nómina de Los Pinos.

Porque el Presidente así lo decidió.

El fracaso en los juegos olímpicos no es un hecho aislado: es un reflejo de la decadencia y el caos en el que se encuentra hundido el país. El ridículo mexicano en Río irrumpe al mismo tiempo que se da a conocer una encuesta del diario Reforma –el más acertado en ese ejercicio– que sitúa a Peña como el presidente peor calificado de la historia, un gobernante cuyo mandato sólo es aprobado por dos de cada diez mexicanos.

Uno de los pilares de la Reforma Educativa del gobierno peñista es la evaluación: el maestro que no la pase, será despedido. ¿Quién evalúa al Presidente y sus colaboradores?

Un Presidente reprobado por sus ciudadanos es la metáfora de un país sin medallas.