Sueños de juventud en Tánger

Juan Fernando Covarrubias.- En mis años de facultad, de vitalidad bruta y desmedida, las aulas, los pasillos y los jardines hervían de ideas. Entre un grupo y otro, alrededor de una caguama o de un cigarrillo compartido, se hablaba, quizás trasnochadamente, de Cuba y su futuro, del subcomandante Marcos y las marchas zapatistas por todo el país, de lo que había cada semana en el tianguis cultural del Parque Rojo, de la literatura comprometida consigo misma… El tiempo, sin embargo, como dice la canción, “no nos alcanzó”. O alcanzó para más bien poco.

Por todo esto les compré de inmediato sus dramas individuales y colectivos a Alí y Mamed (Mohamed, como el profeta), los personajes de El último amigo, del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944. El sostén de la historia, geográficamente, es el Tánger de los sesenta, cuando la ciudad ejercía una atracción determinante para intelectuales, escritores y artistas de la música y la actuación. La piedra exótica que merecía perderse en sus aromas violentos y seductores. Un cáliz ante el cual pocos pasaron de largo.

Alí y Mamed formaron parte de esos 94 detenidos en 1966 por la policía política. Eran “estudiantes que tenían actividades políticas o, simplemente, opiniones de izquierda”. Tras diecinueve meses de “cárcel encubierta como servicio militar” entraron de lleno en la madurez, de golpe, fueron “reeducados” en un nuevo pensamiento: no valía la disensión, o, en todo caso, había que ser precavido y silencioso ante los excesos del poder. Ese destino compartido los convenció de que su amistad no acabaría nunca.

Contrario a lo que pasa con los miembros de la familia, a los amigos se les elige, o, dado el caso, se deja uno elegir por ellos. Michel Tournier, en Celebraciones, dice que mientras el tiempo descompone el amor, fortalece la amistad. El ensayista francés deja entrever que no hay mejor aliado para sobrevivir a los ímpetus, los desacuerdos, las discusiones y los alejamientos que el tiempo, porque al fin son temporales. Alí y Mamed, no obstante los caminos que siguieron –en algún momento se separaron, pero no se perdieron de vista–, preservaron su memoria compartida hasta un punto que hace las veces de abismo. Encarnaron lo que Goethe sentenció: “Cuidado con los sueños de juventud. ¡Siempre acaban por hacerse realidad!”.