El cementerio del rock

Ni siquiera la brutal gentrificación de la zona ha hecho que las autoridades correspondientes (que seguramente se echan la bolita entre ellas) le den una manita de gato al Jardín Ramón López Velarde, en la frontera de las colonias Roma y Doctores. Senderos encharcados, bancas cochambrosas, plantas moribundas, mucha basura, mobiliario urbano deteriorado y algunos monumentos abandonados.

En esta última categoría, le ha ido muy mal al de por sí extraño homenaje a los rockeros nacionales. En 2006, la entonces delegada de Cuauhtémoc, Virginia Jaramillo (que en paz descanse), inauguró 50×50: Paseo del rock mexicano, una serie de 50 pedestales con el mismo número de placas metálicas que indicaban bandas legendarias con una de sus rolas sobresalientes. En el centro, una Gibson Explorer negra se erigía como símbolo del género musical.

Dos sexenios más tarde, la guitarra está pintarrajeada y le han intentado arrancar las cuerdas, ya todas retorcidas. De las placas no queda ni rastro, porque se las robaron para venderlas como fierro viejo. Nada más queda la lámina principal, con un choro absurdo que evidentemente escribió un burócrata fan de la balada romántica, porque incluye frases como “En el crisol cultural que es México”, “el rock ya cuenta con carta de naturalización” o “aquí queda un reconocimiento de su vital labor”.

Lo curioso es recordar el playlist que propusieron en aquel entonces. Incluía obviedades como “ADO” de El Tri, “Viento” de Caifanes, “Pachuco” de Maldita Vecindad, “La chica banda” de Café Tacvba o “Frijolero” de Molotov. También joyas olvidadas como “Pasaporte al infierno” de Luzbel, “Abarate y descontón” de Trolebús o “Nasty Sex” de La Revolución de Emiliano Zapata. Y algunos tracks que quién sabe cómo llegaron ahí, como “Manto estelar” de Moenia, que nos deja como el emoji de carita pensando.

Ante las placas desaparecidas, se nos ocurre una nueva actividad semivandalizadora: pegar cartelitos sobre las superficies vacías con nuestras propuestas de rolas rockeras mexicanas favoritas.

El Paseo del rock mexicano está a un costado de Pabellón Cuauhtémoc, en la colonia Roma Sur.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.