“Estamos presos en un entramado de fuerzas colectivas”: Juan Cárdenas

Juan Cárdenas, uno de los escritores jóvenes en español más aplaudidos, desentraña los mecanismos de su novela más reciente y expone su visión de la literatura latinoamericana actual.

Juan Cárdenas
Foto: Lulú Urdapilleta

Incluido en la lista del Bogotá39-2017, Juan Cárdenas publicó recientemente El diablo de las provincias, una novela con un ritmo lírico cuyo argumento inicial es la vuelta de un hombre a la ciudad donde creció.

Desde tu punto de vista, ¿cuál es el elemento más atractivo de El diablo de las provincias?

Casi todos mis libros tienen la voluntad radical de cuestionar las formas narrativas. Sin embargo, creo que este cuestionamiento no se puede realizar de la forma que a mí me interesa si, en cierto modo, no se juega antes con las normas y convenciones que te dan los géneros.

En el caso de El diablo de las provincias, se trata de una falsa novela policial o una falsa novela negra. El protagonista no se da cuenta de que desde hace tiempo está uniendo pistas.

Podría decir que uno de los elementos que más me atraen como lector en este libro es el juego con las convenciones del género policial (pero no con la tradición de Arthur Conan Doyle e incluso Raymond Chandler, sino con la de Leonardo Sciascia). El contexto en el que sucede el crimen es complejo, y lo que se teje en él no es tanto la resolución del crimen como la red de la impunidad. En otras palabras: la novela se convierte en una descripción de cómo funcionan las redes de la impunidad.

Juan Cárdenas El diablo de las provincias
Foto: Lulú Urdapilleta

Si se lee, por ejemplo, a Samanta Schweblin, es fácil ubicar su obra en la tradición del cuento estadounidense del siglo XX. El diablo de las provincias me hizo pensar en Juan Carlos Onetti, pero ¿tú con qué tradición te identificas?

Me cuesta trabajo pensar en términos de estilo, pero puedo responder a partir de mi diálogo con otras tradiciones. En mi narrativa hay un diálogo muy fluido con autores como Juan Carlos Onetti, a quien ya mencionaste, Antonio Di Benedetto, Salvador Elizondo y los brasileños Clarice Lispector y João Gilberto Noll.

El personaje principal es un hombre consciente de que ha fracasado en la mayoría de los aspectos vitales para la sociedad. ¿De dónde surgió el argumento? ¿Te has sentido así, te inspiraste en alguien más o se trata de una purga emocional?

Más que retratar alguna situación propia o ajena (una voluntad que, digamos, no está allí), el argumento parte de una constatación histórica del momento que atravesamos y que le pertenece al capitalismo en un sentido particular. Para decirlo de forma concreta: el protagonista fracasa debido a las condiciones macroeconómicas del lugar donde está viviendo.

Me interesa pensar en cómo la historia irrumpe en la vida de la gente (y ese factor es una parte del engaño histórico en el que vivimos). Se supone que somos individuos; que dependemos de nuestro propio esfuerzo y habilidades para triunfar en la vida (ese es el relato que nos ha hecho asumir el neoliberalismo). Sin embargo, estamos presos en un entramado de fuerzas colectivas.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Aunque escribo con rapidez, mis novelas son el resultado de un trabajo meditado durante varios años. Hago muchos intentos de encontrar las formas, el tono y el lenguaje debido hasta que entiendo cómo debe sonar el libro. Para mí, la experiencia de escritura tiene que ver con lo sonoro y, en específico, con cómo se escucha la voz de quien está narrando. Toda la prosa produce una música interna, y yo tardo algunos años en encontrar dicho ritmo.

Escribí El diablo de las provincias en dos meses, pero estuve seis años pensando en la novela, haciendo intentos y desechando otros. El centro del problema está en el sonido y no en la trama, ya que muchas veces no sé qué va a pasar en la historia.

Juan Cárdenas foto
Foto: Lulú Urdapilleta

Hace varias décadas, la figura del dictador era una tendencia en la literatura hispanoamericana, ¿tú identificas una tendencia actual?

En la narrativa latinoamericana actual, y en parte en la narrativa española (o al menos en los autores que más me interesan de esta), hay una aproximación a ciertos autores que fueron opacados o no tuvieron los contextos de lectura que se requerían para dimensionar su obra. En este momento, ¿nos interesa más Mario Vargas Llosa o Julio Ramón Ribeyro? A quienes yo considero como mis compañeros de trabajo, seguro les entusiasma más Ribeyro. ¿Carlos Fuentes o Salvador Elizondo? La respuesta es Elizondo. ¿Cortázar o Di Benedetto? Este tipo de afinidades es una constante y ha determinado nuestros caminos de escritura.

El Boom opacó a muchas figuras, y gracias a ello se cometieron verdaderos exabruptos: organizó la historia de la literatura latinoamericana para ser visto como la cúspide, y dejó en las periferias a escritores fundamentales (desde principios del siglo XX, la literatura latinoamericana transcurría de una forma potente). El mismo Cortázar se empeñó en que Felisberto Hernández fuera visto como un antecesor. ¡Y Felisberto fue un escritor mucho más genial e importante (con el paso del tiempo), que el propio Cortázar! La vuelta a los callejones y zonas marginales de la tradición tiene que ver con que el efecto del Boom se ha ido mitigando.

A muchos autores de nuestra generación nos puede gustar determinado libro de Vargas Llosa, pero nadie quiere escribir así, nadie quiere escribir como García Márquez o ya ni siquiera como Cabrera Infante. A poca gente le interesa el Boom, y quienes tienen dicha afinidad escriben obras que a mí no me entusiasman.

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