Las buenas artes en la Buenos Aires

La colonia Buenos Aires es chiquitita. Sus límites son avenida Cuauhtémoc, Eje 3 Sur, Eje Central y Viaducto, y una tercera parte de su territorio está ocupado por el Panteón Francés.

Los chilangos la ubican por ser el barrio de las autopartes robadas: cuando alguien se vuela tus espejos o tus rines, sabes que ahí puedes ir a buscarlos… para volver a comprarlos. A pesar de su mala fama, este barrio tiene un atractivo único en la ciudad: el Corredor Escultórico Buenos Aires, que va por Dr. Vértiz, de sur a norte, por las escasas tres cuadras que tiene de ancho la demarcación.

Se trata de un proyecto artístico que nació hace 15 años, por iniciativa de la artista Yvonne Domenge, con apoyo del Museo de la Ciudad de México y del Fonca. Su idea era crear comunidad y un sentido de identidad entre los vecinos a través del arte. Por eso los invitó a levantar esculturas hechas con el material que más caracteriza al barrio: las autopartes.

El proyecto “Esculturas realizadas por la comunidad de la col. Buenos Aires”, de Yvonne, se realizó entre 1999 y 2002. Desde que las instalaron, las esculturas han sido objeto de actos vandálicos… pero leve. Y casi, casi que para eso son.

El proyecto fue concebido para que se hiciera con ellas lo que los vecinos quisieran: desde enriquecerlas hasta robárselas. Pero, en general, la gente del lugar se ha apropiado de las obras y las ha respetado. De las 15 que se levantaron originalmente, quedan 10, una cifra nada despreciable para los estándares chilangos.

Sobreviven, por ejemplo, una nave con patitas, muy steampunk; unas tortugas que podrían estar en la próxima película de Star Wars; una pieza abstracta hecha con puros amortiguadores; un Don Quijote en su caballo y, más adelante, un Sancho Panza. Y la escultura más emblemática, en la mera esquina con Eje 3: un caballito parado sobre sus dos patas traseras, como espantado por todos los coches que van a toda velocidad. Al pobre ya lo han tumbado un par de veces, pero entre la delegación y los vecinos lo vuelven a levantar. Pues claro, es el mero mero símbolo del orgullo bonaerense.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.