Los Habitantes de… la Alameda Morisco

La Alameda Morisco, ubicada en Santa María la Ribera, aún llama a los vecinos y visitantes a que salgan a las calles, a que la visiten y descubran sus rincones. Lo que nosotros descubrimos, fueron las historias de quienes las habitan, aquí algunas de ellas.

Esta colonia surgió en 1861 y es considerada como el primer gran fraccionamiento moderno de la ciudad y, generalmente, al hablar de ella, eso es lo primero en que se piensa: la arquitectura del kiosko y las casonas porfirianas, la promoción al arte y a las ciencias del Museo del Chopo, el Museo de Geología y la Casa de los Mascarones. Está claro que no se puede hablar de la Alameda sin hablar de su historia, pero lo que le da verdadera vida al lugar son las personas detrás de las casas, los negocios y las exposiciones.

Kiosco Morisco, pieza clave de la identidad de Santa María la Ribera. (Foto: Cortesía)

En la historia, este lugar ha albergado a personajes como al destacado pintor Dr. Atl, a Joel Zúñiga Ávila, un legendario bolero en la Alameda; la cantina París fue la segunda casa del cantautor José Alfredo Jiménez, a quien le decían “Fello”; al escritor Mariano Azuela; y la madre Conchita, acusada de la autoría intelectual del asesinato de Álvaro Obregón a cargo de José de León Toral, quien también vivió en este rumbo, entre muchos otros. Hoy, a más de siglo y medio de su creación, quienes la habitan crean nuevas historias que no podían dejar de ser contadas.

El Capitán

Uno de los más recientes habitantes del lugar es Guillermo Arvizu, quien lleva apenas ocho años en la alameda, un lugar que le ha permitido compartir un pasatiempo: el modelismo naval. “La primera vez que me acerqué al tema fue en el parque Franklin, hace 12 años. Ahí todos los fines de semana van navegar con estos modelos, pero nadie te enseña cómo construirlos”; ante la falta de instructores, Guillermo decidió convertirse en ese alguien.

Ahora ya ha forjado una comunidad entre sus conocidos y sus estudiantes, con quienes se organiza para ir a navegar en la ciudad. Esta actividad, en México, es poco conocida y eso ha diversificado a este grupo, “Llega gente de toda la ciudad. He tenido alumnos que compran sus barcos en Polanco, pero no saben cómo armarlos y vienen aquí. También hay quien vive en otros estados, como Toluca o hasta Querétaro, y aunque asiste con menos regularidad, hace todo el viaje, porque es algo que disfrutan”.

Como profesor, Guillermo ha tenido la oportunidad de trabajar con pacientes de Parkinson: “Para ellos, es una gran terapia. Les ayuda a ejercitar la movilidad de músculos y también a fortalecerlos, pero, más que eso, es una manera de ocupar la mente”, para él, es un motivo de orgullo: “Generalmente, ellos acaban más rápido que el resto. Es algo que necesita de mucho trabajo y paciencia y ellos se esmeran y le dedican tiempo extra en casa”.

Gurú del Maquillaje

Muchas personas ahora buscan tutoriales de maquillaje en internet, pero, hace 22 años, Patricia González Ramírez sólo tenía un VHS de la fiesta de su hijo, cuando contrató a alguien para que transformara a los pequeños en personajes diferentes. Hoy ese es el oficio de ella y de su hija, Jessica Patricia.

Madre e hija llegaron juntas, cuando la primera estaba embarazada y sin empleo. “La verdad es que ella me ha superado”, Patricia explica cómo su hija, quien empezó a pintar a los 12 años, es quien ahora ha tomado la batuta del negocio: “Esto es algo que nos gusta, a nadie le sobra el dinero, pero, independientemente del negocio, ver la felicidad que les da a los niños y los halagos de los padres hacia el trabajo de Jessica son mi mayor satisfacción”.

Pero en el tiempo que han hecho de este lugar una segunda casa, también se han encontrado con desazones: “En las noches, hay mucha delincuencia en la alameda”, dice Paty, mientras cuenta cómo a su hijo le robaron el celular en la misma explanada, pero al ser bastante austero, se lo aventaron de vuelta.

Con en el Ritmo en la Sangre

Cada domingo, José Luis Zárate saca los zapatos de charol negro con azul para hacer brillar la pista urbana del kiosko. La mitad de su vida ha girado alrededor del baile: primero en los sonideros de la ciudad y, después de 30 años de retiro, en la Santa María.

La alameda le ha permitido encontrar una comunidad que disfruta, tanto como él, de esta actividad y eso ha sido un medio para poder relajarse todos los fines de semana sin costo alguno. Con un rock & roll de fondo, José explica que el baile ha actuado como una terapia desde hace dos años, cuando le detectaron cáncer: “Es bonito ver las sonrisas en la cara de la gente mientras compartes lo que amas, eso me ha ayudado a enfrentar los malos ratos”.

Entre los que se acercan a mirar la pista improvisada, él busca a quien animar a bailar con la pareja o a quien enseñarle nuevos pasos. “La mejor experiencia que he tenido fue cuando vino una señora de 92 años. Me pidió que bailáramos una cumbia; ahora, cada que viene, me voy corriendo a pedir una cumbia para ella”, comenta de manera alegre.

Para el Antojo

María Ofelia Montero ha crecido, desde los 17 años, en compañía de un negocio de garnachas que ya tiene 43 años en la alameda. Lo que antes era un carrito con los tradicionales chicharrones preparados, es hoy un local itinerante que, ofrece papas, banderillas y los famosos “dorilocos”.

El puesto era de su primer esposo: “La única vez que sí fue buena persona”, platica entre carcajadas que hacen eco entre los familiares que la acompañan, “¡Y qué trabajo costó!”, suelta entre risas su hermana. La primera vez que visitó el lugar fue para ver a una amiga y ese mismo día conoció a su futuro novio. A partir de ese momento, ella empezó a trabajar, junto con él, todos los fines de semana en la plaza.

Ofelia considera a la Alameda Morisco una segunda casa: “Lo más bonito que me ha dado este lugar es la experiencia de ser madre. El día que tuve a mi primera hija, salí del hospital y vine directo aquí, a trabajar, con todo y lluvia”, mientras sonríe, ella asegura que este recuerdo es el mejor de todos y que por ese hecho le tiene tanto cariño a la plaza: “Independientemente de la gente, buena, mala, canija, aquí lo hemos ido viviendo y lo seguimos haciendo, ahora son mis hijos y mis nietos quienes me visitan aquí”.

El Artista

Desde los 23 años, San Juanico Vázquez se levanta a las 7 de la mañana para trasladarse desde Tlalnepantla hasta la explanada de Santa María, donde lleva más de cuatro décadas dando clases de pintura gratis. Empezar el día tan temprano no le molesta, al contrario, ya está acostumbrado, pues toda la semana sigue la misma rutina para dar clases en diferentes lugares de la metrópoli.

“Vengo y trabajo en algo que me gusta y, además de eso, me pagan; mientras pueda, lo haré y con mucho gusto”, dice San Juanico, entre risas. Quien lo vea pintar no dudaría que ama hacerlo, pero quien observa su manera de dar clases, se maravilla de su vocación: “No podemos contar la belleza de las hojas de los árboles”, le comenta a una alumna, mientras toma el pincel de su mano para mostrar la técnica adecuada de retratar un árbol.

En los 43 años que lleva dando clases en la Santa María, ha visto muchos cambios en la alameda, algunos los ha grabado en lienzo, como los leones guaridas del kiosko, que ya no están; pero más que extrañar el pasado, él busca aprovechar el presente: “Lo que más gusto me da en mi trabajo es poder aprender de mis alumnos”.

La Mejor Amiga de los Animales

Entre los talleres y comercios de la alameda, el de Yolanda Romero tiene una misión especial: el cuidado de los animales que no tienen un hogar. Patos, caballos, perros, gatos, burros, conejos y más. Yolanda está dispuesta a recibir a todos en su albergue, ubicado en Tula, Hidalgo, desde donde viene todos los domingos, desde hace 29 años, con el objetivo de generar una conciencia del trato de los animales.

“La primera vez que me dí cuenta de lo grave de la situación, fue cuando visité el tiradero de Tultitlán, Estado de México, ahí vi mucha crueldad con los animales, ya fuera por abandono o porque los utilizaban en condiciones muy crueles de trabajo”. A partir de ese momento, Yolanda comenzó a rescatar animales, a organizar campañas de adopción y esterilización.

Por Nuestros Hermanos Sin Voz, la fundación de Yolanda, vende artículos para mascotas, cuyas ganancias son utilizadas para el mantenimiento del albergue y los pasajes de ella y su hijo: “A veces nos vamos en ceros, inclusive sin donaciones; pero con poder lograr una sola adopción responsable, para mí ya es una ganancia”. Este tipo de adopciones incluye un proceso por parte de la fundación para asegurarse que quienes lo hacen no sólo sean aptos, sino que demuestren en el seguimiento un buen trato de las mascotas.

¿Cuál es la principal motivación de Yolanda? “Me gustaría que eduquemos a los niños con amor y responsabilidad. El mundo está muy violento y necesitamos generar una conciencia de amor y respeto por los animales, o, en su defecto, de no maltratarlos, por lo menos”.

 

(Fotos: Daniela Sagastegui)