Samanta Schweblin: Un inquietante futuro sin privacidad

Samanta Schweblin
Foto: Roberto Ricciuti/Getty Images

En su nueva novela, la escritora argentina Samanta Schweblin plantea una aterradora historia en la que una nueva tecnología llamada kentuki desdibuja los límites de nuestra intimidad

Desde hace algunas semanas circula en las librerías de la CDMX Kentukis, novela de Samanta Schweblin —dos veces finalista del Man Booker International Prize e incluida por la revista Granta en su lista de los 22 mejores narradores jóvenes en español— que está ambientada en un futuro no muy lejano en el que una nueva tecnología llamada kentuki desdibuja los límites de la privacidad y nos obliga a cuestionarnos si realmente estamos conscientes de su valor.

¿De dónde surgió la idea para escribir esta nueva novela?

Venía dándole vueltas al tema de los drones. No al aparato en sí, sino al hecho de que vivimos rodeados de zonas que nos son vedadas, nos movemos por la ciudad rodeados de límites reales, físicos, como un edificio, o un paredón, que nos separan de zonas a las que no podemos acceder. Incluso en vacaciones, en la playa o en los parques, tenemos la sensación de caminar con libertad, pero en realidad vivimos circulando por zonas muy acotadas.

Y me fascinaba cómo con este nuevo punto de vista del dron podemos de pronto ver lo que nos estuvo oculto por años. Pensaba en todas las consecuencias que esto tiene, los límites de la intimidad, y también la sospecha de que todo lo que nos es vedado oculta muchas veces injusticias, desigualdades, abusos de poder.

Me preguntaba, ¿qué hay donde no nos dejan ver? ¿Qué es lo que no queremos mostrar cuando somos nosotros mismos los que levantamos esos muros? Estaba con todo esto en la cabeza cuando de pronto se me ocurrió la idea del kentuki.

¿Cuál fue el proceso?

Kentukis nació como una novela desde su primer borrador, unas 15 páginas que escribí de un tirón. Y en ese primer intento ya era claro que esta historia era una novela, por los tiempos que se tomaba para narrar, porque ya estaba estructurada en capítulos y ya había varios personajes centrales.

Quizá sucedió así porque Kentukis realmente no podía contarse de otra forma. Por supuesto que el concepto de qué es un kentuki sí podría haberse explorado en un cuento, pero eso no es lo único que yo quería contar. Cuando empecé a meterme en la historia recurrí a un amigo que se especializa en temas de servidores, tecnologías telefónicas y redes sociales.

Tuvimos algunas reuniones y discusiones sobre cuál era la tecnología más simple y lógica con la que podía funcionar un kentuki. También trabajé con alguien para cada una de las ciudades protagonistas. Una amiga china siguió de cerca los capítulos de Taolin. Mi editor croata siguió a Grigor, otro amigo peruano siguió a Emilia, y así. Y trabajé muchísimo con Google Earth y Google Maps.

¿Por qué crees que nuestra especie está tan obsesionada con la tecnología?

Siempre nos fascinó cualquier extensión material que optimizara nuestras capacidades, desde que levantamos una roca filosa y se nos ocurrió que podría servir de cuchillo, desde la rueda y la invención de la escritura. Hoy asociamos la tecnología con lo digital, pero la tecnología siempre estuvo con nosotros. Y pienso también en Arthur C. Clarke, quien decía que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada equivale para nosotros también a la magia. Hay algo en la tecnología que nos parece maravilloso y a la vez posible, aunque no lo podamos entender.

¿Crees que estamos haciendo buen uso de la tecnología o que ya nos rebasó?

Hacemos buenos y malos usos. Creo que ya quedó entendido que tecnología no es comunicación, sino casi lo contrario, y que, en malas manos o sin políticas de Estado bien intencionadas, puede llevarnos a catástrofes personales y nacionales. Pero como bien dejas implícito en tu pregunta, la tecnología no es buena ni mala, la tecnología es una herramienta neutra y todo el peso de sus consecuencias es pura y exclusivamente nuestra responsabilidad.

¿Tú crees que la gente tiene verdadera conciencia de lo que significa e implica perder su privacidad?

No, creo que no hay conciencia todavía. Tampoco creo que la tenga yo, es difícil para cualquier usuario porque no entendemos todavía su alcance. La tecnología avanza a pasos gigantescos y la naturalizamos de inmediato, pero todavía falta medir muchos límites éticos, morales, legales.

Aunque creo que conozco la respuesta (porque el escritor tiene mucho de voyeur), ¿tú qué preferirías: observer o ser observada?

Al principio, en los primeros borradores de la novela, avanzaba convencida de que lo mío era observar, es decir, ser kentuki, ser uno de esos muñecos moviéndose por la casa de un desconocido. Quizá por voyeurista, y porque, como bien sugerías en tu pregunta, mirar siempre tiene mucho que ver con la escritura. En cambio, la idea de ser observada, de tener un kentuki, no me seducía tanto. Pero cuando empecé a meterme más a fondo en las conexiones de la novela me di cuenta de todo lo que disparaba en mí la idea de “tener” a alguien, de controlarlo, de ponerlo a prueba, lo delicado que se convierte ese otro ser bajo tu poder, todas las ternuras y las perversidades que dispara la idea de tener poder sobre otro de una forma tan concreta.

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