Buscar rarezas en la ciudad

El escritor Bernardo Esquinca nos enseña a cazar rarezas en la ciudad de México. Foto, Lulú Urdapilleta
El escritor Bernardo Esquinca nos enseña a cazar rarezas en la ciudad de México. Foto, Lulú Urdapilleta

El escritor Bernardo Esquinca nos díce cómo hallar inspiración en las cualidades siniestras y extrañas de la CDMX.

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

En sus novelas, Bernardo Esquinca menciona de manera constante a la Ciudad de México. Lo hace con la conciencia de que sus historias no podrían ocurrir en ninguna otra parte, porque cuando se escriben cuentos de terror y fantasía, o al desarrollar una saga detectivesca, no hay punto geográfico más nutrido de tantas cualidades siniestras y de rarezas como la Ciudad de México.

“Si la ciudad donde ocurre una historia es irrelevante, mejor no decir su nombre”, dice Bernardo sobre una regla que aplicó a sus dos primeras novelas: Belleza roja y Los escritores invisibles, que transcurrían en Guadalajara, aquella que nunca sintió la necesidad de mencionar, a pesar de ser el lugar donde vivía.

Luego se mudó a la Ciudad de México. Y entonces sí, la ciudad no fue únicamente escenario, sino también personaje. Aquí inició la saga del detective Casasola, que comenzó con La octava plaga, continuó con Toda la sangre y desembocó este año con la publicación de Carne de ataúd.

Esta también es la ciudad que dio pie a los cuentos que se incluyen en libros como Mar negro y Demonia. En fin: la Ciudad de México es el escenario bizarro e ideal para hablar de lo sobrenatural y lo sangriento.

“Tengo una deuda con esta ciudad”, dice Esquinca, quien a diferencia de sus hermanos y padres, no creció en ella. Su ciudad de origen es Guadalajara. En cambio, el resto de su familia creció en la colonia Santa María la Ribera, cerca del Centro.

“He escuchado historias familiares de tiempos porfirianos y quería explorar aquello de lo que me he perdido: una ciudad antigua. Una transición entre el siglo XIX y XX de una sociedad que, pese a entrar a la modernidad, aún es supersticiosa”, dice.

Supersticiosa sí, como él.

“Si no crees en algo, no puedes escribir sobre ello”, sostiene. Y si él escribe sobre demonios y presencias, ritos y sucesos sobrenaturales, es porque tiene fe en ello.

“Soy muy supersticioso. No me puedes pasar la sal en la mano, no camino por debajo de una escalera”, afirma mientras una sonrisa nerviosa se despliega bajo su bigote y agacha la cabeza.

“Después de decir esto me van a llevar al manicomio —dice—. ¡Así hago mi vida! Qué hueva los escépticos. Qué aburrido no creer en nada. Creo que sí podemos creer en algo más que la realidad que vemos, nuestra vida puede ser más interesante”.

Bernardo cree, por ejemplo, que algo que ocupó un lugar y tuvo mucha importancia se mantiene presente, aunque desaparezca. Es la esencia del fantasma, pero también de los vestigios de otros tiempos: no es casual, asegura, que monolitos y tzomplantlis, que templos y ruinas, resurjan desde las entrañas del Centro Histórico.

“No es casual que la Catedral Metropolitana se hunda, y que los restos del México prehispánico emerjan de nuevo a la luz. Yo pienso, de manera literal, que existen presencias o reminiscencias de lo que se vivió en un lugar y en un tiempo: el dolor, la muerte y la locura”, dice.

Hay mitos que se establecen en hechos verificables. La ciudad está lleno de ellos.

“¿Te sabes la historia de don Juan Manuel?”, pregunta Esquinca, echando hacia delante el torso. Porque si hablamos de mitos e influencias, ninguna como esta historia para ejemplificar de qué elementos se alimenta la literatura fantástica que desarrolla en sus novelas y cuentos: “Hay una parte de esta historia que es verídica: don Juan Manuel era un español que llegó a la Ciudad de México con su esposa, a quien celaba mucho. Hasta ahí llega lo que es verdad. Pero la leyenda cuenta que el diablo le ofreció un pacto: a cambio de su alma, él podrá saber con qué hombre lo engaña su mujer. Cuando don Juan Manuel acepta, el diablo le dice que es el primer caballero que pase por su casa a las once de la noche. Don Juan Manuel le hace caso y lo mata. Entonces el diablo le dice que se ha equivocado, pero que vuelva a intentarlo al día siguiente, a la misma hora, con el siguiente hombre que camine por ahí”.

“¿Te das cuenta? El diablo ha convertido a don Juan Manuel en un asesino serial”—dice Bernardo sobre quien es, quizás, el primer asesino serial en la narrativa mexicana—.  “Que un hombre se convierta en asesino por influencia de fuerzas ultraterrenas me parece fascinante”.

Esta fascinación motivo a Bernardo a realizar, junto con Vicente Quirarte, una antología en dos tomos de relato fantástico sobre el Centro: Ciudad Fantasma. En ella se incluyen narraciones de la representante más reconocida del género: Amparo Dávila, pero también de otros escritores que se aventuraron en el género, como Carlos Fuentes o José Emilio Pacheco.

“La literatura mexicana tiene un gusto recalcitrante por el realismo—dice Esquinca—. Vivimos en una ciudad plagada de leyendas, mitos y dioses. Es un territorio ideal para que predomine el género fantástico, pero existe un prejuicio de que es un género menor. A diferencia de otros países, donde nadie pone en duda que Frankenstein, de Mary Shelley; o Drácula, de Bram Stoker son clásicos; aquí lo despreciamos”.

Será porque, dice Bernardo Esquinca: “No a todos les gusta asomarse en sus abismos. Pero sepan que algo se aprende se asomarse a ellos”.

En cifras:

  • 5 son las novelas que ha publicado el escritor  Bernardo Esquinca.
  • 3 de esas novelas son parte de la saga detectivesca “Casasola”.
  • 3 libros de cuentos de género fantástico contienen sus historias.