Foto: Édgar Durán.

8 centímetros sobre el pavimento: La CDMX arriba de una tabla

Especiales

Erik y Sindy, artífices de Anónima, han documentado durante los últimos cuatro años la escena del skateboarding en México para entender cómo esta ayudó a reconcebir sus espacios y calle

Por Jesús Pacheco

A estas alturas, pocos lo recuerdan. Pero hubo un tiempo, a mediados de los 70, en que la fuente del Parque América, frente a la iglesia de San Agustín, en pleno Polanco, era otra cosa. Decenas de jóvenes convirtieron ese lugar en el escenario perfecto —el spot— para convertir la ciudad entera en un jardín de juegos.

Nadie sabe quién fue el pionero. Pero en aquellos años, alguien viajó a los Estados Unidos y, entre su equipaje, introdujo la primera tabla de skate a la Ciudad de México. De pronto las calles estaban llenas de esos jóvenes de cabello largo, a bordo de tablas que avanzaban veloces sobre cuatro ruedas. La fiebre del skateboarding  en México comenzaba.

Cuatro décadas: cuatro ruedas

“Los primeros lugares donde se patinó fue en Bosque de las Lomas”, sostiene Erick Carranza, integrante de Anónima Arquitectura, un despacho que desde hace años reflexiona, entre otras cosas, sobre la forma en que el skateboarding ayudó a reconcebir nuestras calles. “Después, la práctica baja hacia Polanco —continúa Carranza—. Es desde ahí que se extiende por las colonias que la rodean hasta llegar a la zona centro y a la periferia”.

Fue aquí, entonces, frente a la iglesia de San Agustín. Esta fuente era uno de los pocos sitios en la capital con las características para imaginar que se estaba en una pequeña alberca vacía californiana en donde podían practicarse todo tipo de trucos y piruetas. En el fondo, patinar se trata de eso: de imaginar la ciudad, de transformarla.

En 1975, Ogui Camacho —El Ogui—, administrador del célebre Skatorama, uno de los primeros skateparks capitalinos, ya patinaba. Así se asienta en “Skatetography”, la extensa investigación sobre skateboarding, espacio público y zona metropolitana que elaboran los integrantes de Anónima Arquitectura.

Los trabajos de este despacho, fundado por Sindy Martínez y Erik Carranza, suelen colindar con el arte, la movilidad, la habitabilidad y la urbanística. También sobre cómo un lugar puede ser apropiado por algún sector de la sociedad —sobre todo los jóvenes— a partir de un grafiti en un muro, un sticker en un parabús.

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Arquitectura para rodar

Para esta investigación, los mueve el impulso por conocer las acciones que tienen efecto en la ciudad. Descifrar qué provoca que en un lugar baile la gente o que en una calle surjan comunidades de indigentes.

Acumulan decenas de entrevistas con todos los protagonistas. En un primer tomo, abordan el vínculo del skate con la arquitectura y el espacio público. Aquí analizan por qué en algunas zonas de la ciudad se empezó a patinar más que en otras, cuáles fueron las características espaciales que detonaron que así fuera, la relación de las tablas con la música. Luego llegó una segunda parte, que aborda las distintas visiones de ciudad: la lúdica, la histórica, la comercial.

Además de la teoría y el registro fotográfico de los lugares abocados a la patineta, Anónima buscar proponer un manual de diseño para skateparks. Desde su punto de vista, hay varios factores que deben considerarse al momento de planear un parque de patinetas. En principio, la comunidad: los que patinan en la zona, pues ellos serán quienes le darán uso. Por otro lado, debe tomarse en cuenta la necesidad de que exista un lugar así. Aún hay algunas delegaciones en las que no tienen espacios para patinar y los skates tienen que desplazarse a spots tradicionales o viajar a parques lejanos.

Otro factor es la velocidad. En México, los patinadores suelen ser más lentos que en Estados Unidos. La razón: aquí hay que sortear baches, el concreto de las banquetas casi siempre fue mal colado o ha sido levantado por un árbol. Como consecuencia, los patinadores comenzaron a aprovechar esos accidentes topográficos en beneficio del disfrute, pero en detrimento de la velocidad.

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No imponer, integrar

La vitalidad y la ocupación. Eso es lo que pueden aportar las patinetas al espacio público. “Si tienes a 10 personas patinando a la medianoche en un espacio público, ese lugar se vuelve mucho más seguro —explica Erick Carranza—. Esa vitalidad tiene que ver con que un patinador atrae gente que no necesariamente esté involucrada en el skateboarding; solamente con el hecho de que alguien se detenga a verlos ya generas una ocupación que muchos espacios públicos no tienen”.

El más reciente skatepark de Anónima se inauguró hace unas semanas en el Parque La Mexicana, de Santa Fe. Para planearlo, se partió primero de entender su concepto de origen. El proyecto final no es sino una repetición de los flujos de los usuarios que han usado el espacio como un andador peatonal, una ciclovía, una trotapista. “No diseñes un skatepark, diseña un espacio público que se pueda patinar; que en la banca en la que se va a patinar se pueda sentar una persona, que el barandal le sirva a una persona de la tercera edad pero que también sirva para patinar”, dice Erick.

El skateboarding en México en cifras

  • 4 décadas lleva el skateboarding en la Ciudad de México. No se sabe quién fue el pionero.
  • 2,100 metros cuadrados mide el skatepark del parque La Mexicana, en Santa Fe.
  • 2020 será el año en que el skateboarding sea incluido por primera vez en los Juegos Olímpicos.