Evangelizar

Quizá el lector consuetudinario de este espacio recuerde el Rosario de Amozoc (otra forma encantadora de describirlo es “la cámara húngara”) que se armó cuando me ocupé del furor por la nueva Star Wars el año pasado. Me prometí entonces no volver a incurrir en las iras de los fanboys, no vaya a ser que alguno me brinque en un callejón con una espada láser y quiera atomizarme. Incluso defendí, en estas páginas y tiempo después, a los que andan por la ciudad con sus celulares pescando pokémones (aunque he de reconocer que me dan un poco de risa, apoyo su derecho a hacer lo que les pegue la gana y a reírse de los que les advierten que serán atropellados o se caerán por un barranco, como si buscar pokémones fuera un pecado que mereciera castigo fulminante). Más que enfocarme en revisar cualquiera de estos productos que tantas pasiones levantan, pues, lo que me ocupa ahora es una constatación: que una parte de las personas de mi propia generación, la de los treintones y cuarentones, ha conseguido prolongar su adolescencia gracias a consolas de videojuegos, portales de emisión de series y películas y toda clase de memorabilia pop, y parecen muy felices con ello.

A mí, lo reconozco, me cuesta sumarme a los entusiasmos de mis contemporáneos. A la nueva Star Wars, lo recuerdan, le encontré más defectos que virtudes (cada vez, la misma historia de los héroes destruyendo la misma Estrella de la Muerte…). Ni siquiera vi Ghostbusters porque su primera encarnación nunca me hizo gracia. No frecuento los videojuegos, lo confieso, ni el manga ni el anime. No puedo distinguir un pokemón de un mono de Yu-Gi-oh. Estoy harto de ir al cine y que la cartelera esté copada por cintas de superhéroes. No me gusta Harry Potter ni en libro ni en cinta. Tampoco Stranger Things (ni, antes, Lost ni, ahora, Game of Thrones). Hace tanto que dejé de ver Los Simpsons que, en mi memoria, se confunden con El correcaminos.

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Ahora bien, eso no significa que me sienta superior, ni moral ni intelectualmente, a cualquiera de quienes se emocionan con este tipo de cosas. Si la identidad de alguien depende de lo que un guionista industrial gringo o un diseñador industrial japonés traman, muy su gusto. Si alguien se considera plenamente expresado por los productos de la industria del entretenimiento masivo, me parece bien. Es su decisión.

El único problema que veo es el evangelismo. Lo mismo que los conversos de Apple molestaban a quien se dejara, a principio de siglo, con las virtudes incontestables de “su” marca, muchos de quienes abrazan este tipo de consumo como una causa piensan que parte de su papel es evangelizar incrédulos. Y a mí, perdónenme, no me gusta que me evangelicen, y me da lo mismo si es para hablarme de Cristo, de Gokú o de la niña que mueve cosas con la mente.