La larga noche

Por motivos que no viene al caso elucidar en este texto, en las recientes semanas he leído diversas obras, selecciones y hasta biografías de dos autores de lengua alemana: Walter Benjamin y Stefan Zweig. Ambos, destacadísimos en la primera mitad del siglo XX. Ambos, tenaces opositores al avance de los nacionalsocialistas (los nazis, pues). Y ambos, al final, abrumados por el horror y suicidas: Benjamin se quitó la vida en la frontera entre la Francia ocupada y la España franquista, en 1940, al saber que no tenía escapatoria y sería arrestado y, seguramente, agraviado, avergonzado, purgado y eliminado por el III Reich. Zweig, quien había conseguido huir a Brasil, se suprimió en 1942, al barruntar que la tormenta que se cernía sobre el planeta en aquellos días no pasaría, sino que se convertiría en un nuevo y detestable orden mundial. Por eso dejó su perro terrier a cargo de su casera y, junto con su esposa, se envenenó. Los nazis fueron derrotados (al menos en esa ocasión) pero, entre sus millones de víctimas, directas e indirectas, arrastraron también a esos escritores brillantes, dignos y fundamentales, vencidos por el pánico y aplastados por la inminencia del mal y su peso insoportable.

Nuestro propio tiempo oscurece. La llegada de Donald Trump al poder, el ascenso de las ultraderechas europeas (a cada embate más extremistas y soberbias), el panorama desolador que enfrentan las democracias latinoamericanas (y en especial la mexicana) en manos de unos pocos partidos corrompidos hasta el tuétano por sus ambiciones y alejados de cualquier viso de solidaridad por las mayorías de las sociedades que los mantienen son síntomas claros de que algo grave está sucediendo (y quizá algo peor por suceder). Algo que aún no alcanza, ni de lejos, los tamaños de esa tragedia inabarcable que fue el siglo XX, pero que ya muestra colmillos, garras y rasgos inquietantes. Veamos: el racismo salió del banquillo de los acusados y triunfa en las elecciones en diez puntos geográficos distintos. El odio empapa las campañas políticas. Se culpa de cualquier problema concebible a los “otros”: migrantes y desheredados de todo tipo y color, o personas con ideas religiosas o hábitos sexuales disímiles a lo que se considera, según el caso, “la normalidad”. Es como si la máscara del consenso democrático de los años 90 hubiera rodado por los suelos y debajo de ella hubiera aparecido el viejo y espeluznante rostro de un viejo conocido: el autoritarismo, con su violencia y su opresión intactos.

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En su carta final, Zweig advertía: “Saludo a todos mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes”. Hoy, con los radicalismos reaccionarios de regreso, con todo su potencial de violencia y opresión, el amanecer parece, otra vez, distante. Hay, pues, que cavilar a fondo cómo enfrentar lo que se nos viene. Y luego, actuar.