No hay modo

Sabemos que el estado del mundo es deplorable, que se puede rastrear la injusticia, la miseria, la violencia y el horror casi puerta por puerta y que no hay día que no parezca venir acompañado por una nueva carretada de desgracias. Los modos en los que procesamos estos conflictos y horrores son variados. Hay personas que se angustian por todos y cada uno, con una capacidad de empatía admirable, sin duda, pero que suelen tener, a la vez, una muy escasa capacidad para comprender la perspectiva con la que otros ven lo que a ellos les indigna hasta el llanto. Porque, en cierta medida, encolerizarse por todas las cosas da lo mismo que caer en el otro extremo, es decir, el que frecuentan aquellos a los que no hay noticia que conmueva y van por la vida con aires de nihilismo egotista, de que se las saben todas y nada les cala. No sé si resulta más difícil entender al que no duerme porque lee sobre un perro perdido en Tokio que a quien duerme a pierna suelta mientras su vecina es agarrada a golpes, una y otra vez, por su vecino.

El problema es que no parece haber escapatoria. Algunos de los sobrepreocupados, por ejemplo, son expertos en regañarnos por no estar igual de angustiados que ellos o por mostrar molestia solamente por algunos hechos, en detrimento de los demás. Son los que no toleran que a uno le impresione un ataque con muertos en Berlín, Bagdad o Nuevo Laredo si no muestra el mismo horror ante otro, que les parece equiparable, en Mbabane, Silao o Azcapotzalco. Son maestros de la geografía del dolor. Si uno se queja de lo local (“Qué horror lo de Tultepec”) le reponen que Alepo es un infierno y uno tan calladote. Y si uno se estremece por lo lejano (“Qué horror lo de los naufragios del Mediterráneo”) reponen de inmediato que uno debería, antes que nada, preocuparse por los niños sin zapatos de los asilos municipales.

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Y bueno, en la trinchera de los indiferentes las cosas no son muy distintas. Si de verdad nada les importa, ¿cómo es que muestran tanto afán por treparse al altar de la superioridad intelectual para tildarnos a los demás de cursis, chairos o pasajeros del “tren del mame”? Gente a la que le parece incomprensible que uno se lamente por algún artista preferido que ha muerto, se conmueva ante el aviso de algún indefenso (niño, anciano, animal) en desgracia o, en caso extremo, incluso que manifieste alegría por el nacimiento de un hijo o sobrino o pena por la partida de una madre o hermano.

¿Tan difícil resulta encontrar matices y reconocerle a los otros el derecho de preocuparse según sus propios intereses y alcances intelectuales y éticos? Lo malo de las preguntas retóricas es que la respuesta va incluida y es siempre negativa.

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Escritor mexicano nacido en Guadalajara. Autor de las novelas "El buscador de cabezas", "Recursos humanos", "Ánima", "La fila india" y "Méjico".