La imbecilidad es de plomo

“Hay runrunes de que va a explotar el magisterio”, me advirtió Miguel, un activista oaxaqueño. Y eso que decía significaba algo como: “tú, periodista, aguas”. Al rato, ya en la Plaza Central de Juchitán, calculé que una opción era quedar en medio de una barahúnda de policías y maestros de una ciudad sin ley. Esperé hasta que oí el grito: “Libertad, libertad / a los presos por luchar”.

Sudorosos, con las caras flácidas que les han moldeado agotadoras caminatas bajo el sol perverso del Istmo, los maestros de la CNTE llegaban al Palacio Municipal para protestar contra la Reforma Educativa y pedir la excarcelación de sus seis compañeros oaxaqueños, “presos políticos”.

Avanzaban separados entre dos y tres metros cada uno porque si lo hacían pegados la marcha, compactada, proyectaría desolación. Igual la proyectaban: intenté no prestar atención a la escuálida imagen global de esas 200 personas que por enésima vez protestaban contra la Reforma Educativa en huaraches, playeras viejas, tenis de mercado, gorritas.

¿Runrunes de que va a explotar el magisterio? Eso que atestiguaba era la decadencia: pensé que la vigorosa reforma cabalgaba y el movimiento magisterial moría o, si estaba vivo, la muerte en vida la llevaban en su sambenito: el estigma del maestro flojo que marcha y no enseña, que vela por la pereza y no por el progreso de su civilización

Caía el sol de aquel sábado 4 de junio preelectoral y me dispuse a escuchar. Sobre un templete apareció Jorge Sibaja, emblema de la CNTE estatal desde que su hermano Aciel fue encarcelado por causas penales según el gobierno; por causas políticas según los docentes. Y sí, en su discurso había previsibles frases guerreras: maldita Reforma Educativa, evaluación punitiva, delincuentes de casas blancas y aviones millonarios.

Pero su garganta heredó una frase más de sólo tres palabras. Jorge cedió el micrófono y éste a otro, y éste a otro y otro. Después de unos 10 oradores, una frase se repetía hasta el cansancio: mesa de diálogo.

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Sí, la CNTE evidenciaba su odio y resentimiento contra Peña y Nuño, pero a fuerza de repetirla su consigna sonaba a mantra: diálogo. Esta vez, concedamos a los maestros el beneficio de que estaban dispuestos a hablar, discutir y resolver. Como cuando en la Prepa nos enseñaban la tríada dialéctica de Hegel: en la búsqueda de la verdad, o de algo parecido a ella, el único método que debemos abrazar es tesis, antítesis, síntesis.

¿Y qué querían discutir? Asuntos como éstos, que no han cesado de hacer públicos:

1.- La reforma no es educativa sino laboral, administrativa y empresarial.

2.- La reforma resta importancia a la capacitación docente.

3.- La reforma no recrea sus métodos pedagógicos para formar mejores individuos.

4.- La reforma no plantea una inteligente y justa distribución del gasto.

5.- La reforma no se ocupa de formar mejores semilleros (las normales).

6.- La reforma estandariza las evaluaciones (como un profesor del miserable municipio campechano de Calakmul se mide con la misma vara que uno de Polanco, caemos en la deplorable falacia de que todos somos iguales, cuando este país es un disímbolo enjambre económico, étnico y social).

7.-La reforma es un arma para cortar cabezas (anotación mía: y aunque a veces pueda justificarse, la historia cuenta que la guillotina no es el paraíso).

En definitiva, ¿cuál había sido la propuesta docente? Pensar juntos y resolver. Cierto, no son ningunos santos (y es probable que entre ellos se oculten delincuentes), pero hasta ahora la mayoría de los maestros disidentes empujaba una conflagración de ideas. Peña y su gente les respondieron: nosotros queremos plomo, mejor una conflagración a tiros. Ya van ocho muertos.

Entonces, ahora sí, que se preparen. Como dijo un sabio, “a cabrón, cabrón y medio”. Ya no son runrunes: aquella flacucha marcha de Juchitán se le está volviendo a los más altos funcionarios un monstruo nacional.

En Los Pinos no da más la inteligencia: no podíamos esperar otra cosa de un gobierno ignorante que enarbolando imbecilidad busca abatir la ignorancia.