Arquero de la justicia eterna

Recibí en una oficina de Imagen Televisión la orden de viajar al punto exacto del planeta donde se ejecutó el primer penal de la historia con una hoja donde estaba subrayada la palabra Milford. “¿Milford?”, pensé extrañado. Como no me sonaba, mi pulgar apretó Google Maps, que surcó en un segundo el océano hasta detenerse en un punto de una desolada carreterita trazada en amarillo.

Y entonces bajé sobre mi iPhone la vista. Street View abría una minúscula ventana que mostraba la primera imagen de Milford que veía en mi vida y que correspondía al número 48 de la calle Ballyhoy Road. El domicilio que por la foto tenía ante mis ojos carecía de vestigios humanos: a un verde, verdísimo prado, lo rodeaban matorrales, arbustos, y al fondo se elevaba un árbol otoñal bajo un virginal cielo azul moteado por nubles blancas. Un “árbol feliz” que pudo crear Bob Ross en una clase de paisajes celtas.

Con Agustín, realizador televisivo, iniciamos la travesía por la mitad de la Tierra para encontrar el lugar donde había nacido el penal, esa regla que ha sido una condena atávica para los mexicanos. Cuando estiramos el índice y rozamos el timbre que nos abrirá el paraíso futbolístico, recibimos por atrás una intempestiva cuchillada criminal con la que caemos desplomados, mientras una voz cavernosa llamada destino nos advierte: este es tu ocaso, muere a manos de tu penal disfrazado de Robben o García Aspe para que en el abismo llores tu predestinación hasta el fin de los tiempos.

Llegamos al norte de Europa. El olor a hierba mojada del campo boscoso de Irlanda del Norte se esparcía desde la entrada del pueblo, habitado por vacas y borregos, donde un anuncio hecho en piedra indicaba “Milford, home of the penalti kick” sobre un balón labrado en hierro.

Orgulloso como si anunciara “aquí se fundó el Imperio Romano”, el pueblito norirlandés de 500 personas celebraba en su entrada su pequeño acontecimiento histórico. Pequeño y colosal, porque fue en su parque central, hace 127 años la cancha del Milford Football Club, donde un hombre, el portero del equipo local, al ver el sufrimiento del enemigo luchó como pudo por la justicia. En cuanto pusimos un pie en el parque, el viejo Kieran, habitante de la aldea, salió a preguntarnos qué hacíamos ahí. Ante la respuesta exclamó “Me xi cou” sonriendo maravillado como si fuéramos pacíficos exploradores de una remota e insondable región que llegaban a conocer su pasado.

Al rato nos trajo humeante té negro “norirlandés” (“que no inglés”, aclaró) y bajo el húmedo frío otoñal nos empezó a dibujar la historia del inventor del penal.

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Después, Joe, poblador de rostro enrojecido y cabellera blanca; un académico, Stephen, y el joven Philip también nos ayudaron a los dos mexicanos a entender que al guardameta William McCrum lo aterrorizaba la violencia de sus defensas contra los delanteros rivales. En la vecina liga de Inglaterra había muertos cada año por las entradas arteras contra los delanteros en las áreas. Toda esa violencia era penada con un simple tiro libre con barrera.

El portero sentía que el castigo era una caricia en relación a la falta delincuencial, e hizo un experimento: pidió a sus jugadores que le remataran desde los 12 pasos hacia el arco, sin obstáculo alguno entre ambos. Y descubrió que esa simple acción, concentrado extremo de dramatismo, favorecía la justicia. Envió la propuesta a la Liga Irlandesa.

Aunque al inicio las autoridades adujeron que con su propuesta el vanidoso McCrum sólo buscaba ser estrella del show, un año después la regla del tiro penal se había aprobado incluso fuera del país.

La compasión, la misericordia, la indignación ante la barbarie y la sinrazón que atentaban contra la vida habían servido a McCrum para crear una simplísima regla. La conciencia de las crueldades de su tiempo y del sufrimiento ajeno habían vuelto a un portero sin fama en creador de una ley y ejecutor de la justicia, en un honorable juez eterno del que hoy hay un monumento en el centro de Milford. McCrum es su héroe.

Ayer, en mi página de Facebook donde coloqué el video de nuestro viaje al pueblito de Irlanda del Norte, Lili, una mujer que desconozco —mujer que vive en el mismo país donde hace una semana el juez Vicente Bermúdez fue asesinado mientras trotaba en calles de Metepec—, escribió: “Necesitamos más McCrum en todo el planeta”.

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.