¿De qué nos reímos?

En “La esencia de la risa”, un ensayo dedicado al tema de la comicidad, Charles Baudelaire asegura que, a diferencia de la risa de los niños, la risa adulta es siempre satánica: nos reímos de los otros porque nos consideramos superiores y en mejor posición que nuestro objeto de escarnio. Nos reímos, por ejemplo, del que se tropieza en la calle porque pensamos que nuestra astucia o agilidad es superior a la suya. Baudelaire recuerda que en los manicomios suena siempre una sinfonía de risas, ya que los locos suelen ser megalómanos. “No existe la locura de la humildad”.

También nos reímos siempre orgullosamente de aquellos individuos o pueblos, que consideramos de inteligencia reducida. Nos mofamos de los gallegos, llevados por el prejuicio de que son ingenuos, y de entendimiento corto, aunque jamás en toda nuestra vida hayamos pisado su tierra o conocido a ningún oriundo de la región del Oruxo.

Otra causa de risa, según el poeta francés, es el exceso: las nalgas del payaso, la nariz descomunal de Cirano nos causan risa entre otras cosas porque imaginamos lo problemático que debe ser poseerlas.

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Aunque entonces era una niña recuerdo, que tras el temblor de 1985, a pesar del dolor y de la consternación de la gente, empezaron a circular de inmediato chistes sobre las víctimas, y sobre la ciudad de México. “¿En qué se parece el DF  a una dona?”, decían, “en que ninguno de los dos tiene centro”. No hace falta ser muy sagaz para imaginar que esos chistes venían del interior de la república, de las mismas mentes que años más tarde inventaron aquello de “Haz patria, mata un chilango”. La risa revela, pues, lo peor de nuestra especie, toda la crueldad de la que somos capaces.

Lo que Baudelaire no menciona en su ensayo es el autoescarnio, es decir, la maravillosa cualidad de burlarse de uno mismo, de ofrecerse a los otros como alimento para su júbilo enfermizo y, más aún, disfrutar junto a ellos de nuestras desgracias, en un extraño ejercicio de desdoblamiento. Un recurso muy eficaz en la vida real para hacer amigos y en la literatura para atraer lectores. “Bien aventurados aquellos que se ríen de sí mismos porque nunca les faltará material”, reza el Evangelio de los humoristas, un libro quizás más indispensable aún que El Arte de la guerra, que alguien, debería inventar cuanto antes.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".