Ciudad de necios | Colón y Humboldt

Colón y Humboldt

Necios que gastan en promocionar las jetas de los salidos de las cloacas y no en dar mantenimiento a las cloacas.

Veo el socavón que se abrió en las esquinas de Colón y Humboldt, en el Centro Histórico, y pienso en la cara que pondrían Colón y Humboldt al verlo. ¿Se asustarían, les parecería normal, habrían visto algo así, se asomarían? Colón, ese borrachín navegante que descubrió, buscando diferentes rutas marítimas para llegar a Asia, un continente nuevo y que murió sin saberlo. Y pienso en Humboldt, el padre de la Geografía moderna. Ambos exploradores que han visto cosas mucho peores que un socavón en la Ciudad de México (a la que nunca conocieron).

Me los imagino convocados por los expertos de la CDMX que van a encargarse de reparar el hoyo para que den su opinión.

Colón y Humboldt, con simple sentido común, dirían algo cierto: culpa de los que gobiernan esta CDMX no es. Es decir, los administradores no van por la vida abriendo hoyos (no se rían) para echarle a perder la vida a los capitalinos diariamente (no se rían).

Colón y Humboldt nos dirían: hay que entrar al hoyo (ellos no saben de albures) y hay que explorarlo. Ambos, nacidos en siglos diferentes —uno en el XV, otro en el XVII—, seguramente lamentarían que algo tan primitivo como un hoyo se siga abriendo en pleno siglo XXI, en plena zona de primer mundo progresista de una ciudad hipermegaprogresista y fifí durante el siglo en el que sobrevive esta Ciudad de México.

Ambos dirían que en sus tiempos se imaginaba que, para 2017, ridículos como este serían impensables, pues nos imaginaban más inteligentes, con mejor tecnología al servicio de todos y con gobernantes competentes y fabulosos (no se rían). ¿A poco en el 2017 no hay drenaje? Sí hay, pero es del siglo pasado que no nos hemos tomado la molestia de renovar.

Colón y Humboldt entrarían al socavón. El italiano llegaría al punto navegando a través de las inundaciones de días pasados en esta CDMX, también debidas a un drenaje inservible. Mientas que el naturalista alemán lo haría en Metro, asombrándose por la geografía sobre —y debajo— la cual se trazaron las líneas de este sistema y se extasiaría al ver cómo se forman en cada estación deslumbrantes cascadas de aguas puercas debido a las lluvias que inundan las vías del tren que luego se vuelve anfibio de temporada.

“¿Por qué ocurrió?”, les preguntarían a los expertos. Ah, pues les responderían que fue porque en esta y en todas la ciudades de este país nos encanta gastar en todo, menos en lo importante: gastamos en dinero para los partidos, gastamos en elecciones onerosas y marranas, gastamos en publicidad de nuestros políticos a los que tratamos como reyes (Colón y Humboldt entenderían a lo que nos referimos) y que a pesar de tener una riqueza que ya hubieran querido tener en Génova o Berlín, donde nacieron nuestros invitados, nosotros la gastamos en todo menos en renovar todo el drenaje de la CDMX para que no haya ni socavones ni inundaciones. Como las tuberías, el caño, el drenaje no se ven, pues no se aplauden. Como el drenaje va por abajo y no por arriba donde van los segundos pisos, los edificios modernos, las ferias, el pan y el circo, pues no es prioridad. Colón y Humboldt seguro saben de lo que hablamos, porque en el siglo XXI las cosas y sus gobiernos siguen prácticamente igual.