Descabezados

“Dos cosas me llenan de espanto:
dentro de mí, el verdugo; y sobre mí, el hacha”
La isla de los condenados, Stig Dagerman

 

Desde que el periodista mexicano Sergio González Rodríguez publicó en 2009 su tratado acerca de la gramática de la violencia del crimen organizado (Un hombre sin cabeza, Anagrama), la realidad para los mexicanos no ha hecho sino empeorar. Cual funesta profecía, González Rodríguez anunciaba a través del estudio de los mensajes que se intercambian los cárteles (descabezados, encobijados, cuerpos disueltos en ácido, cuerpos calcinados y desmembrados, etcétera, etcétera), una era tenebrosa en cuyo vórtice de horror se encontraba la descomposición fatal e irreversible de un sistema social y político erigido con base en la corrupción, la ilegalidad y la desigualdad.

La mudez institucional ante el derrumbe truena en los oídos de los habitantes de este país junto con la estridente aplanadora de la sociedad de consumo, cuyo asedio sobre la vida cotidiana ha alcanzado niveles insoportables (compra, conéctate, ve, haz, ponte, come).

Por si esto fuera poco, mediando entre esta realidad atroz y nuestra percepción, se encuentra un caudal de información que circula frente a nosotros, a través de nosotros, que se propone consignar este caleidoscopio enloquecedor. Medios impresos, digitales, radiofónicos y televisivos coronan este concierto de ruido desarticulado en su afán por seguir el ritmo de los acontecimientos, al tiempo que dan cauce a sus respectivas agendas comerciales y políticas, todo esto durante una crisis en los medios de información que en su frenesí por conseguir audiencias que los salven del exterminio parecen estar dispuestos a todo. Gran circo.

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La exposición “Extinción de dominio”, del artista mexicano Jonathan Hernández —estrenada en la galería kurimanzutto la semana pasada—, exhibe con tino de apache el momento actual. La pieza Descabezados reúne una colección de titulares de periódicos de diversos cortes y tipos recopilada a lo largo de dos años. Más allá de la fascinante bitácora que propone Hernández de nuestro pasado inmediato, existe una densidad semántica muy poderosa en los espacios en blanco que conectan uno y otro encabezado. Es ahí, en esos espacios en blanco, donde transcurre nuestra vida, prisionera de las fuerzas de la corrupción y el consumo. La vorágine informativa impide la gestación del conocimiento y la reflexión, circunstancia nuevamente representada a través de estos espacios en blanco que campan entre las consignas vociferantes de la realidad.

Además de esta pieza, en la instalación homónima de la muestra (Extinción de dominio), Hernández representa el elefante blanco posado en nuestra sala de estar en que se ha convertido la operación de los cárteles del narcotráfico. Un muro blanco que contiene cientos de objetos que el artista mexicano adquirió en subastas derivadas de incautaciones al crimen organizado, esculpe el velo (cada vez más transparente) que nos separa del horror.

Habida cuenta del ruido ensordecedor del entorno, Hernández propone una forma de denuncia cuya potencia puede ser capturada sólo posando la mente en silencio. Un estado cada vez más escaso en nuestras vidas necesario para reconstituir, desde el interior, el sonido de nuestros pasos por el mundo.