Golondrinas, microbuses

Casi todos coincidiremos: son un desastre. Es una buena noticia que los peseros desaparezcan, siempre y cuando sea para ser reemplazados por sistemas más eficaces y menos contaminantes de transporte público. Asentado este hecho fundamental, se puede de cualquier modo aceptar que existe una cierta nostalgia de lo jodido. También los taxis de vochito eran poco prácticos, pero se les extraña. Y supongo que otras generaciones, anteriores a la mía, extrañan medios de transporte igualmente entrañables y espantosos (pistaches, chatos, vitrinas, delfines, ballenas y otras bestias más o menos mitológicas que antaño surcaron las pantanosas aguas de la vialidad chilanga).

Del pesero extrañaremos, aunque ahora mismo nos resulte inconcebible, el ánimo desmadroso de sus conductores, quienes personalizan la unidad con luces francamente cancerígenas, cláxones neobarrocos y letreros de escaso ingenio ( “Si come pepitas cómase las cascaritas”). Viajaremos más seguros y quizás incluso se respire un aire más limpio en el exDF, pero la postal del microbusero en camiseta (sudada) de tirantes, echando carreritas con la unidad de enfrente, pasará a la historia burlesca de la ciudad con el mismo aire de heroísmo lumpen que ya adorna a los señores que ofrecen toques en las cantinas.

No se descarta que, en un giro absurdo del destino, los peseros se vuelvan un transporte hipster en estas últimas horas, cuando ya es inevitable su ocaso. Considerados irónicamente, serán abordados en masa por muchachos de inocente porte, quienes se aprestarán a subir a Instagram las instantáneas del óxido y la decadencia que cotidianamente padecimos desde mediados de los ochenta quienes usamos los microbuses de forma no irónica.

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De entre los recuerdos que yo mismo atesoro con celo enfermizo en torno a esos bichos rescato este sólo: un pesero fantasma, completamente vacío y con luz negra, que abordé en Canal de Miramontes después de que me cortara una novia. Aquel pesero frenético, quizás el último de la jornada, fue el escenario perfecto de una desolación adolescentosa que en cualquier otro contexto me parecería insulsa.

Durante varios años me transporté exclusivamente en pesero, de ida y vuelta de mi trabajo. En esos mugrosos camiones refiné el arte de quedarme dormido cuando peligraba mi vida, desafiando uno de los pilares del darwinismo. Nada como sentarse junto a la ventana de un pesero y distinguir, en el opaco cristal, una mancha de gel aplastada con tres cabellos hirsutos, testimonio de la penúltima siesta nómada.

Que otros se jacten de haber escrito poemas en un tranvía, en un navío, en una trajinera si quieren: el verdadero mérito está en escribir una sola palabra, con trazo más o menos firme, en un microbús que se zarandea por División del Norte. Pues bien: yo escribí esa palabra, y unas cuantas más: el final de mi primera novela lo rayoneé en un cuaderno Scribe camino a la oficina.

No me cuesta un ápice renunciar a los microbuses para quedarme con su distorsionado recuerdo. Mi pasado está lleno de cosas sucias y herrumbrosas a las que el pesero se suma con natural gracia. Hasta nunca, bastardos.