Frijoles con veneno

Nunca he sabido comer menos. Ni siquiera me he preguntado si debo hacerlo. A veces pienso que debería volverme creyente solamente para pedirle a las nubes —a los arreboles— que no despierte un día siendo otra mujer, de esas que comen poco y que confunden la mantequilla con sustancias innombrables.

Soy el tipo de persona que fomenta manejar muchos kilómetros al norte de Monterrey para llegar a Cadereyta a aquel restaurante enclavado en un pueblo de locos —no lo digo yo, lo dicen ellos—, para comerme unos cuajitos, muchísimas gorditas y, al menos, dos órdenes de frijoles con veneno. ¿Cuándo se convirtió la grasa en el pretendiente incómodo? Mía, es amiga, cercana, enamorada y cómplice.

Quien ha probado los tacos de langosta de la Número 1 en Puerto Nuevo y se jacta de conocer la zona quizá sabe, pero quizá no, que la langosta está frita en manteca —¿o esperaban menos astucia de los locales?—. El secreto de este estofado de conejo que preparé en llanos colombianos hace miles de años es que está lleno de lardo. Qué gozada cocinar así.

Vengo de una familia rara —y me engrandece—, y las tortillas de harina con las que yo crecí, que curiosamente en mi casa de Coyoacán acompañaban la cochinita pibil, son buenas no solo porque me remontan a mi niñez en una cocina que me incitó a ser y comer lo que hoy soy y como, sino porque son grasosas y me hacen feliz.

Adoro los panes con mantequilla y mermelada, y cuando estoy triste, me como cuatro. Me gusta muchísimo el hígado de pato y me caen mal los que creen que todas aquellas aves que viven en granjas en la Dordoña sufren y no fueron desde su creación diseñadas para volar distancias largas y tener un hígado graso.

Y sí, además de uno en el que se le prenden los ojos a mi madre, tengo un sueño recurrente en el que como tuétano a la parrilla bebiendo Chasselas, ad infinitum, porque no necesito más. Creo firmemente en la fritanga, y como estoy segura de que aporta paz espiritual, invito a crear mantras de frijoles con veneno que oren por ese delicatessen de La Enramada, camino a Reynosa, que —lo digo por experiencia— como no mata, te hace más fuerte.