Norberto y el ano

En los anales de la historia quedará grabado el “Discurso sobre el Ano” que el Arzobispo Primado de México ha expelido en un texto, bajo la premisa barthesiana de que “la mierda escrita no huele”. Palabras anormales para un hombre cristiano, quien apretó su báculo pastoral para expresar su preocupación, ya no sólo por los pecados del alma, sino por los pecados del cuerpo que nos ponen —no a merced de ángeles y demonios—, sino de virus y bacterias, criaturas igual de nefastas que los íncubos y súcubos.

Con una elocuencia que sorprendería al mismísimo W. Reich, Norberto dijo “préstenme atención” y escribió:

“La mujer tiene una cavidad especialmente preparada para la relación sexual que se lubrica para facilitar la penetración, resiste la fricción, segrega sustancias que protegen al cuerpo femenino de posibles infecciones presentes en el semen… en cambio, el ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra al ano lo lastima severamente pudiendo causar sangrados e infecciones”.

No vamos a juzgar la prosa ni el conocimiento científico ni el trabajo de campo que don Norberto ha tenido que hacer para llegar a estas conclusiones. Tampoco vamos a hacer el epitafio eclesiástico de los supositorios ni de la visita al proctólogo. Sólo vamos a decir que el ano ha obsesionado a la Iglesia y a su miembros durante milenios y que incluso, para deleite de los albureros, dicha obsesión se ve reflejada en la asquerosa práctica de besarle el anillo al Sumo Pontífice. Su motivo tendrán para hacer esto, como metáfora de un remoto ejercicio de sumisión. Los constantes actos de pederastia de un buen número de sacerdotes en el mundo sólo confirman una enferma e histórica obsesión por ese resquicio a donde no pega el sol.

Para Freud, el padre del psicoanálisis que, habría que aclarar, no es el estudio de la psique del ano, el caso de Norberto Rivera le sería muy familiar. Diría que nuestro Arzobispo se encuentra instalado en la fase anal. En esta fase, como su nombre lo indica, todo gira alrededor del ano. Los conflictos que esta etapa generan pueden provocar una fijación anal retentiva o anal expulsiva. Freud apostaría a que Norberto debe tener entre dos y tres años de edad mental.

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No deja de ser insólito que una institución como la Iglesia que lleva tantos siglos recibiendo fieles y expeliendo bendiciones haya decidido explicarle al género humano la manera correcta de usar el culo, en 2016. Tampoco deja de sorprender que la persona escogida para dar cátedra sobre dicho asuntito, no tenga la experiencia mínima para hablar sobre el tema, puesto que —en teoría— practica el celibato.

Por eso, más que quedarme con el pensamiento anacrónico del Arzobispo, termino este molcajete cósmico con un fragmento de esa obra maestra conocida como “Gracias y desgracias del ojo del culo”, del gran Francisco de Quevedo:

“No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna de ser despreciadas de ella, y en él en particular por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo; mirado bien es el más perfecto y bien colocado dél, y más favorecido de la naturaleza, pues su forma es circular, como la esfera, y dividido en un diámetro o zodíaco como ella. Su sitio es en medio como el del Sol; su tacto es blando: tiene un solo ojo, por lo cual algunos le han querido llamar tuerto, y si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del ver. El no tener más de un ojo es falta de amor poderoso, fuera de que el ojo del culo por su mucha gravedad y autoridad no consiente niña; y bien mirado es más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más hechura. Si no, miren los de la cara, sin una labor, tan llanos que no tienen primor alguno, como el ojo del culo, de pliegues lleno y de molduras, repulgo y dobladillos… Y así, como cosa tan necesaria, preciosa y hermosa, lo traemos tan guardado y en lo más seguro del cuerpo, pringado entre dos murallas de nalgas, amortajado en una camisa, envuelto en unos dominguillos, envainado en unos gregüescos, abahado en una capa, y por eso se dijo ‘bésame donde no da el Sol’”.

Y como decía la canción: “Si tú sientes que te pica la colita, en una de esas eres Norberto”.