Contra la islamofobia

En las últimas décadas, gracias a grupos como ISIS o EI, hemos visto crecer un prejuicio y una fobia hacia los árabes en general y, en particular, hacia los musulmanes. La semana pasada publiqué en esta columna un texto llamado Muhammad Ali, un musulmán pacifista, porque esa figura es un ejemplo incontestable de que los musulmanes no son como los pintan últimamente. Ali condenó el terrorismo y, como musulmán, se deslindó de los atentados cometidos en Nueva York el 9 de septiembre de 2001. No fue el único, basta con teclear notinmyname para comprobar que una enorme cantidad de musulmanes se ha declarado en contra de este tipo de eventos.

Cuando era niña, viví en un barrio árabe del sur de Francia. Fui a la secundaria con niñas argelinas, marroquíes, tunecinas, entre otros países del norte de África; visité sus casas y conocí a sus familias. Aún tengo amigas musulmanas: madres, profesionistas y defensoras de los derechos de las mujeres en el mundo. Gracias a ellas, aprendí algunas cosas sobre el Islam que, al menos en nuestro continente, se ignoran o se soslayan, como que el nombre de esa religión –para no ir más lejos- se origina de la palabra Salam (paz). La gente de aquel barrio, y de muchos otros en Francia, se saluda deseándose mutuamente la paz. Otra característica de esa religión, que la gente no imagina, es que se trata de un credo respetuoso de la diversidad. El Corán tiene una gran consideración tanto por Jesús como por Moisés y exhorta a la convivencia pacífica entre los pueblos. En la España dominada por los árabes, cristianos, judíos y musulmanes convivieron en paz durante más de cinco siglos. De la misma manera en que hay terroristas musulmanes, hay grandes pacifistas musulmanes. Recordemos a Malala, la adolescente que ganó el premio Nobel, a Amal Clooney, a Kofi Annan, Benazir Bhutto, Muhammad Yunus. También hay grandes escritores musulmanes como Orhan Pamuk, Naguib Mahfuz o Rumi, el poeta sufí. No es por nada que muchos occidentales, conmovidos por la espiritualidad y la belleza del Corán, decidieron abrazar la fe del Islam sin, por ello, adherirse al terrorismo.

Como ha ocurrido en otras religiones, los textos del Islam fueron sacados de su contexto y reinterpretados por grupos radicales, grupos movidos no por ideales religiosos, sino por intereses económicos y políticos. Constituidos por árabes, pero también por franceses, británicos, estadounidenses, estos grupos se aprovecharon de la pobreza así como de la ignorancia de algunos pueblos para convertirlos en carne de cañón. Por culpa del terrorismo, la hermosa religión de Mahoma está pasando ahora por una crisis. Pensemos en Siria, pensemos en países como Egipto o Irán y en la situación de sus mujeres. Si Occidente se siente amenazado con frecuencia por estos grupos asesinos, imaginemos cómo es vivir bajo regímenes terroristas que el pueblo no eligió y en el que sólo participa como víctima.

El terrorismo se sirve del odio, del miedo y de los prejuicios de la gente. Ese es su combustible, no sólo en los países árabes sino en el mundo entero. Al caer en estas actitudes que lo alimentan, no estamos haciendo otra cosa más que apoyar su causa.