¿El Nobel a Bob Dylan?

Ayer me desperté en la ciudad de Chicago, a donde vine para participar en el Lit&Luz Festival, y antes de que tuviera tiempo de abrir los ojos me enteré de que este año Bob Dylan había ganado el premio Nobel. “¿El premio Nobel en qué disciplina?”, pregunté. Es verdad que estaba medio dormida, pero creo que mi reacción fue genuina. Nunca se me había ocurrido que Bob Dylan fuera un escritor. Desde entonces no he dejado de pensar en el asunto.

El premio a Dylan nos hace preguntarnos qué es la literatura y, desde mi punto de vista, eso ya es algo positivo. ¿Sólo pueden calificar como textos literarios las novelas, los cuentos, los poemas, las obras de teatro? Claro que no. Desde el año pasado, al concederlo a Svetlana Alexiévich, el jurado del premio sueco estaba otorgándole al periodismo una legitimación como género literario de la que antes no gozaba, al menos no tan claramente. Al concederlo en 2013 a Alice Munro, también reivindicó a una minoría: la de los cuentistas, a menudo menospreciados, si no por la crítica, sí por la industria editorial. Sin embargo, más que en las ediciones anteriores, a muchos les pareció que otorgarlo a un cantautor era algo fuera de lugar, incluso una butade. Dijeron que por buenas que fueran, las canciones de Dylan no eran literatura.

Más tarde, durante la mañana, fui a la Northwestern University de Chicago a reunirme con profesores y estudiantes expertos en la materia. Pensé que seguramente, como muchos escritores, gringos y latinoamericanos que para esas horas ya se habían manifestado en las redes sociales, estarían furiosos. Pero no fue así. Me recordaron que la historia de la literatura incluye las canciones de los rapsodas, de los trovadores y de otros poetas, y que la categoría de cantautor es tan vieja como Homero. Si en las universidades se estudian los corridos, ¿por qué no se van a estudiar también las canciones de Dylan? Por otro lado, no hay que olvidar que el premio Nobel, incluyendo el de literatura, es un premio político. Dárselo a un contemporáneo de Donald Trump y Hillary Clinton, en vísperas de elecciones, es hacer un homenaje a la parte contestataria y liberal de esa generación de estadounidenses y subrayar el contraste con dichos candidatos.

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Escucho a Bob Dylan desde que tenía 14 años. Cuanto más conozco su obra y su biografía, más lo admiro. Como dijo Gastón García Marinozzi, yo no le daría sólo el premio Nobel, también una medalla olímpica y el Balón de oro. También, esto lo digo yo, el Mr. Universo por lo guapo y sexy que fue. Uno de mis momentos favoritos en la historia de la literatura es su amistad con Allen Ginsberg, quien por cierto fue de los primeros en calificar como poesía la letras de sus canciones. Si el escritor más talentoso de la Beat generation, desde mi punto de vista, lo etiquetó así, ¿quiénes son todos los críticos del mundo para desmentirlo? Pero no son los críticos quienes arengan contra Dylan sino los propios escritores, y casi me atrevería a decir que los narradores, esa banda de resentidos. Nicanor Parra, quizás el mayor poeta chileno del siglo XX, postuló a Dylan hace 16 años para el premio Nobel. Cuando le pregunté a Andrea Bajani, uno de mis poetas italianos favoritos, qué opinaba del tema, me dijo un poco entristecido: “La verdad, hubiera preferido que se lo dieran antes a Leonard Cohen”. Coincido con él.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".