Se rompe la burbuja

La noche del martes, después de estar mirando fijamente el mapa de Estados Unidos en internet donde los estados se iban pintando de rojo irremediablemente con los resultados del conteo, me acosté a dormir no sin antes ingerir unas gotas de tranquilizante. No sé si fue el opio que contenía el somnífero, pero recuerdo que reviví en sueños los días en que acompañé a mi padre moribundo en el hospital. En vez del porcentaje de votos, lo que leía en internet era la extinción de los signos vitales, glóbulos blancos elevados, etc. No me faltaba razón: alguien, algo, se estaba muriendo y no era únicamente la candidatura de Hillary Clinton. Lo que contemplamos anteayer fue el signo más reciente y notorio del fin de una era, el del imperio estadounidense, y con él, el de un lenguaje que antes, pasara lo que pasara, defendía la corrección política y otras formas retóricas; el fin del periodismo —ahora reducido a noticias desechables en redes sociales y en los medios de comunicación— y sobre todo el fin de la democracia representativa. No creo, como dicen algunos, que en el país de la diversidad y del melting pot haya ganado el KKK y la idea de la supremacía blanca, sino simplemente que se colapsó un sistema que llevaba unos buenos años de estar podrido por dentro.

Lo que sobrevino después: la oleada autoflagelatoria, la victimización, las expresiones de miedo, la histeria pasiva, la avalancha de memes y de declaraciones de principios en las redes sociales, y otras formas de echarle sal a la herida me desolaron casi tanto como la derrota. Era como si en todo el país hubiera estado sonado “Fallaste corazón” durante todo el día en un inmenso altoparlante, una canción en la que ya no es posible creer de tanto que la hemos cantado.

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Pensé en los pocos verdaderos activistas que conozco, que se levantaron ayer, como cada mañana, y se fueron a seguir con su trabajo, con su modesta pero constante contribución al bienestar del mundo en sus zonas rurales, en sus hospitales, en sus barcos, en sus villas miserias, en los campos de refugiados, sin detenerse a llorar y sobre todo sin perder ociosamente el tiempo regodeándose en la odiosa figura de Donald Trump.

Hace años que desde esta pequeña página trato de apuntar el dedo hacia nosotros mismos y hacia nuestra responsabilidad en todo aquello de lo que nos lamentamos. ¿De qué manera contribuimos ya sea con nuestras acciones, pero sobre todo con nuestra falta de agallas para emprender la más mínima de ellas? Michael Moore lo dijo muy claramente: vivimos en una burbuja y lo primero que nos toca hacer es darnos cuenta. El mundo virtual en el que nos movemos, en el que protestamos y damos nuestra opinión no es más que eso: un mundo virtual y ficticio. Afuera está la realidad y, cada vez más a los gritos, nos está exigiendo que intervengamos en ella.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".