Pistas para indecisos

Me cuento entre las personas que tiemblan frente a una disyuntiva. Cada vez que debo elegir, sobre todo si se trata de cuestiones importantes, me paraliza la indecisión. Desperdicio noches y noches de insomnio visualizando detalladamente los distintos escenarios que mi imaginación es capaz de crear, y al final regreso siempre al punto de partida: la pregunta que se repite a sí misma como un eco macabro, “¿qué será lo mejor?”. Muchas veces, para salir del atasco, llamo a mis amigos, a mis padres, a mis maestros y les consulto las cosas, extendiéndome en los detalles y en mis infinitas elucubraciones. Ellos, muy amablemente, me dan su punto de vista, la mayoría de las veces sin conseguir otra cosa que aumentar el tamaño de mi confusión.

Me avergüenza pensar en la cantidad de dinero que invertí en mi juventud consultando lectores de café y de palmas de la mano, taroteros y videntes de todo tipo. Qué conveniente: si el destino ya estaba escrito, entonces sólo hacía falta seguirlo, sin tomar la horrenda responsabilidad de elegir. Qué cómodo resultaba que una tercera persona, mejor aún: un desconocido, me dijera qué hacer con sólo mirar un paquete de cartas o las líneas de mis temblorosas manos. Pero ni siquiera esto me aportaba un consuelo definitivo. Apenas volvía a mi departamento de estudiante, me sentaba en el comedor a consultar oráculos como el péndulo o el I Ching para encontrar las respuestas a mis encrucijadas existenciales. A base de consultarlos, fui comprendiendo que incluso disfrazadas de hexagramas o de imágenes mitológicas, en realidad las respuestas provienen siempre de nuestro interior. Aunque no nos atrevamos a escucharla, una parte de nosotros sabe muy bien cuál es esa decisión que, sin confesárnoslo, deseamos tomar.

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Hay gente lo suficientemente perversa como para creer en el “miedo al éxito”, pero estoy convencida —o casi— de que mi cerebro nunca ha alcanzado ese nivel tan sublime de retorcimiento. A mí lo que me impide tomar decisiones es un simple y soso miedo al error, al tropiezo, a la equivocación. Y en ese miedo radica el verdadero disparate: en realidad, ¿cuál es el problema de equivocarse? ¿No es acaso el ensayo y error el movimiento que alimenta todos los progresos tecnológicos o científicos? Equivocarse significa aprender, avanzar, evolucionar. Si en todo lo que emprendiéramos no hubiera mas que hallazgos y “chiripas”, no construiríamos tablas de ningún tipo. Seríamos engreídos como niños malcriados que creen merecérselo todo, careceríamos de la sabiduría que otorga la experiencia. Samuel Beckett, quien triunfó como pocos en el mundo del teatro haciendo la apología de los losers y de los marginales, decía que uno debe fracasar hasta alcanzar la excelencia en la materia: “fracasa, decía, fracasa otra vez, fracasa mejor.”

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".