Mexicanofobia

Hace poco leí un artículo publicado por una ONG en el que recomendaban a los mexicanos que viven en Estados Unidos traer siempre un documento que compruebe su estatus migratorio y las medidas a adoptar en caso de detención o deportación abrupta: designar a una persona que saque a los niños de la escuela y se ocupe de ellos el tiempo que sea necesario, avisarle a un amigo o a un familiar dónde están las cosas y los papeles importantes, otorgarle poder para manipular sus objetos de valor o su dinero, contratar a un abogado, entre otras. Me puse a pensar en ellos, en su angustia y en su incertidumbre, y después en todos los pueblos que han servido como catalizador del odio de sus vecinos. Los judíos de Hitler por supuesto, pero también los apaches, los armenios, los tibetanos, los kurdos. Me pregunté si algún día, no tan lejano, los mexicanos formaremos parte de esa lista de perseguidos históricos. En Arizona hace años que los “vigilantes”, grupos de racistas organizados paramilitarmente, se dedican a matar mexicanos que intentan cruzar las fronteras a hurtadillas. Pero una cosa es ser víctima del acoso de unos cuantos y otra el chivo expiatorio designado por un gobierno. Es cierto que el discurso de Trump no hizo sino capitalizar un odio preexistente con fines electorales, pero al hacerlo legitimó a los victimarios y nos dio un estatus de “indeseables”, de “peligrosos”, de “enemigos”. “Pregúntenle a los israelíes”, dijo hace poco, “si los muros sirven para algo”. Yo me pregunto qué tiene de similar la relación entre México y Estados Unidos con el conflicto palestino-israelí, como si los mexicanos lanzáramos misiles a las ciudades gringas, voláramos cada tanto sus locales de McDonald’s o metiéramos coches bomba a sus estacionamientos; o como si Estados Unidos colonizara nuestros territorios, aún si hace unos días alardeó con enviar a sus tropas a controlar a al “bunch of bad hombresque viven “aquí abajo”.

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Es muy difícil aún saber qué punto alcanzará la mexicanofobia en Estados Unidos y qué tan lejos irá este nuevo gobierno en su estrategia intimidatoria. En todo caso, es imprescindible mantener la calma y la atención bien alerta. No dejarse llevar por la provocación ni por la tendencia tan peligrosa a generalizar: no todos los estadounidenses nos odian. Es más, muchos, como la ONG que mencionaba al principio, están de nuestro lado y se ocupan de dar apoyo y asesoría a nuestros compatriotas.

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Artículo anteriorEdición impresa 10/02/2017
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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".