La Sixtina y yo

El domingo a las tres de la tarde la Plaza de la República hierve; no sólo el sol pega inclemente sobre la piedra volcánica de sus monumentos negros, sino que la gente se arremolina frente a la entrada de una reproducción de la Capilla Sixtina que ha venido a instalarse en el extremo oriente de la explanada.

¿Por qué alguien quisiera venir a ver semejante cosa y esperar más de media hora para entrar? Yo se los puedo decir: porque está muy padre.

Detesto lo que simboliza, particularmente en estos momentos en que la iglesia católica tiene una campaña contra el matrimonio igualitario –un derecho que, según el presidente, deberá de ser consignado por la Constitución. Detesto también el populismo de esta reproducción y del banco y la marca de harina de maíz que la patrocinan, pero abrazo de lleno las hermosas contradicciones que esta reproducción impone en una plaza pública

No puedo dejar de pensar, por ejemplo, que hace muy poco esta misma plaza fue el destino final de una manifestación contra la violencia de género, un giro cultural enorme en la ciudad. Por eso también, no puedo dejar de mirar a esa pareja de chicas que se toma de la mano, muy quitadas de la pena, y hacen cola para entrar, o a esos adolescentes que ensayan una coreografía con música de Michael Jackson, o a los alumnos de una escuela militarizada que también ensayan la rutina de su banda de guerra, o a esos chicos que aprovechan la cola para hacer propaganda de una página de Facebook pidiendo a la gente a gritos que le den un like.

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La experiencia dentro de la capilla es una falsificación muy bien hecha. Primero te conducen a una antesala, llena de terciopelos, con una puerta de madera y pantallas en las paredes, en las que se reproduce un corto que resume la historia de las pinturas de Miguel Ángel. Tres Papas después, el distraído Miguel Ángel se mesa la barba y llena la cara de pintura: está satisfecho por la magnificencia de su obra. Ha puesto al hombre como el centro de la creación.

Luego la puerta se abre y accedes a la capilla en penumbras. Huele a incienso y suena un canto gregoriano con un fondo instrumental moderno. Un buen espectáculo de luz y sonido te va llevando por las complejidades del conjunto pictórico. En 15 minutos estás listo. A lo mejor digo una barbaridad, pero yo he estado en los Museos Vaticanos y la experiencia no es muy distinta: el mismo calor, las mismas hordas de turistas. OK. No es lo mismo ver el original, pero en la era de la reproducción, el objeto ya perdió su aura.

Se encienden las luces: uno descubre dos figuras de cera, dos guardias suizos al lado del altar: uno sostiene la bandera del Vaticano; el otro, la bandera de México. Se abre una puerta: las primeras en salir son las chicas que se tomaban de la mano. Del otro lado te recibe una tienda, rodeada de cortinas blancas, con un cajero automático Banorte al centro. Has regresado a la Ciudad de México.

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