¡NO LA CHIFLES, MANCERA!

Recuerdo con cariño la primera vez que albureé a mi madre. Me puso un tremendo chanclazo que me dejó con pocas ganas de indagar qué demonios significaba lo que le había yo dicho. Realmente lo que hice fue repetir una frase que había escuchado en la primaria. Era yo un niño. Conocía las palabras “pito” y “culo”, pero no sabía distinguir cuál correspondía a qué parte del cuerpo. Los jueguitos albureros preponderantes eran aquellos que, a manera de diálogo, dizque rimaban la majadería hasta sus últimas consecuencias. Por ejemplo: una mentada de madre seguida de “la tuya en vinagre”. Luego “a las tres de la tarde”. Y al final “en el circo Atayde”. ¡Ah, qué adorable generación de chamacos éramos! Sin memes ni stickers virtuales de Bob Esponja. En mi personal historia del albur, destaca luminoso el día que descubrí el secreto que ocultaba el título del disco de Gloria Trevi, Más turbada que nunca. Recuerdo que una vez, ya de madrugada, en la tele estaban pasando un concurso de albures que se desarrollaba en Pachuca. Era un delirio. Alrededor de varias mesas la gente dialogaba albureándose. Más bien parecía que se estaban dando el avión. Mi memoria evoca algo muy parecido a esto:

  • Pasé por tu casa y abrí el refri.
  • Agarraste un bistec.
  • Quisieras, chimuelo.

Preferí cambiarle de canal. Después de La Carabina de Ambrosio, el humor en México murió. La oferta de Televisa al respecto consiste en que una bola de pelafustanes se estén albureando burdamente, siempre rodeados de voluptuosas mujeres escotadas que mandan a corte comercial entre brinquitos.

Vaya, soy un hombre cuya herramienta de trabajo es la palabra escrita. Naturalmente en cada albur acontece un milagro del idioma. Comprender un juego de palabras nos hace sentir que formamos parte de algo enorme. Hablo del bello idioma que nos heredaron nuestros antepasados, forjado con sangre y llanto. Tengo en el corazón dos albures que me fascinan pero rara vez empleo. Aquel de que “si no te molesta comer parado”, y el bello “si en la otra bailaste, en esta te sientas”. El de “huele a ovo” me es melancólico por escolapio. Y aquí está a lo que quiero llegar. Hay mucho de inmaduro en estos pícaros juegos de palabras mexicanísimos.

El acoso a las mujeres en la Ciudad de México es un problema grave que nuestros gobernantes quieren solucionar repartiendo silbatos. Alegan que es la fase uno. No me quiero ni imaginar cuál será la fase dos. Vaya, tampoco veamos todo negro, entiendo que uno de los principales problemas es que las mujeres ofendidas no denuncian al acosador al momento en que ocurre el menoscabo. Quizá un silbato, como impulsor de valentía, no esté tan mal. Habrá que ver.

Como exaltados niños de primaria, muchísimos usuarios de internet empezaron a hacer chistes alrededor del “pito de Mancera”, hubo varios hashtags disque chuscos al respecto y leí incluso textos serios que se apoyaban en criticar el hallazgo de tal juego de palabras. “Hay que soplarle el pito a Mancera”. Nos tratan como niños mensos que acaban de descubrir una majadería pero, ¿no será que ya le agarramos el gusto? Dice el dicho: “ruidoso el niño y le dan maracas”.

Todo es guasa en este país. Todo es, literalmente, pitorreo. Alegrones porque le entendimos al chiste presenciamos cómo nada se resuelve pero todo nos da harta risa.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".