LAS NINJA TORTUGAS CHAVORRUCAS MUTANTES

Que levante la mano quien se acuerde de que en el videojuego de Nintendo de Las Tortugas Ninja venía un cupón que podías cambiar por una Pan Pizza de Pizza Hut. Yo tenía alrededor de 10 años. Claramente decía que era válido en México y Quebec. No existía tal cadena en México. Durante mucho tiempo atesoré con ilusión ese cupón para poder intercambiarlo en un futuro improbable en el que en cada esquina de mi ciudad habría restoranes norteamericanos de fast food. Nadie sabe lo que desea. Tuvieron que pasar bastantes exámenes extraordinarios de Física para que yo probara por primera vez una pizza. Fue de esas sudadas que calientan con focos, cuatro nuevos pesos la rebanada. Escribo esto en casa de mis padres. Ya revolví varias cajas con juguetes y documentos de mi infancia. Tengo el citado cupón en mis manos ahora mismo.

Me gustaban Las Tortugas Ninja. Me resultaban personajes tan complejos que de hecho jamás tuve una favorita. Las cuatro me atraían por separado. Sin embargo era muy difícil ser fanático de ellas en los iniciales años 90. Por culpa de algún desorden administrativo tanto la caricatura como los juguetes y los videojuegos los hacían empresas distintas. Es decir: había jefes finales que eran un hombre en llamas (¿?) y había juguetes que no aparecían en el serial animado. Caramba, en el tercer filme viajaban en el tiempo al Japón Antiguo (¿?). Aquello era un caos. Para no hacer el cuento largo: tuvieron que transcurrir más de 20 años para que existiera una película en la que salieran Rocoso y Bebop. Emocionado, acudí este fin de semana al cine con mis habas de contrabando en el bolsillo y una novia paciente y amorosa que me solapa ciertas melancolías. A los 10 minutos de cinta ambos nos dimos cuenta de que nuestra presencia ahí era una idiotez. Soportamos las dos horas que dura el churro infantiloide aquel con más pena ajena que gloria. No llevábamos suficientes golosinas a granel ocultas en los bolsillos. Fue mucha la paciencia que nos exigió esta nueva y bobalicona entrega de las TMNT, como se les dice ahora para asegurar que su mención entre en el reino de los 140 caracteres.

¿Por qué una inagotable bola de adultos estamos vueltos locos viendo contenidos que son para niños? Ya hay anunciados filmes de súper héroes de aquí a que desaparezca el PRI. Cintas que comprobadamente no cumplen con las expectativas que generan. Hay una cantidad aterradora de verijones que enumeran a los difuntos en Juego de Tronos pero desconocen quién es Diómedes. ¿Cuántas veces más tenemos que ver cómo le pica la araña radioactiva a Peter Parker? ¿Cuántas veces más tenemos que ver al matrimonio Wayne morir en ese callejón oscuro? Ya nos pusimos todos de acuerdo de que existe algo llamado “el universo cinematográfico Marvel”. Hay comunicadores cuya fuente es: Daredevil, temporada 2. Yo veo que a mi sobrino de 4 años le causa la misma impresión una súbita aparición de Adventure Time en la Cajita Feliz que a mi primo de treinta y tantos. Veo gente que cuenta los días para que salga la ridiculez esa del Joker cholo ¿A qué se debe todo esto?

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La juventud es una enfermedad que afortunadamente se quita muy rápido, nos ha dicho a todos un taxista al menos una vez en la vida. Estoy de acuerdo con tal legión. ¿Seremos la primera generación de seres humanos que se rehúsa tanto a crecer? Nos alimentamos a base de contenidos inmaduros que reafirman nuestra condición de adormecido público cautivo. Hasta los actores interpretan al personaje en turno como si estuvieran más bien secuestrados adentro de atuendos que envejecerán peor que Lady Gaga. ¿Por qué pasa esto?

Me arriesgo a decir que tiene que ver con que perdimos la infancia entre siglos. Ejemplifico, humildemente, con lo único que poseo: mi vida.

Cuando yo estaba chamaco grababa obsesivamente episodios de Caballeros del Zodiaco en casetes VHS. Ni siquiera se les llamaba “episodios”. Cuando empezaban los comerciales le ponía stop, cuando reiniciaba la caricatura, rec. Sentía que era mi responsabilidad salvaguardar el registro de que tal cosa existía. Yo deseaba con puños cerrados que la gente del futuro supiera que hubo alguien llamado el Cisne Hyoga. O tal vez ya me imaginaba que la memoria es un recurso frágil. Dependíamos dulcemente de nuestros recuerdos. Del goce momentáneo. Un chiste de los Simpson pasaba de boca en boca en el recreo, modificándose y exaltándose, como la epopeya Homérica, de hecho.

Ah, pero de pronto, nos dieron internet.

Se sabe: todo está ahí. Un sórdido Aleph de Kame-hame-has y Fatalitys. La melancolía deja bruscamente de ser lo que era. Todo el pasado emocional de una generación educada por la televisión, ¡ahora a la mano! Cada uno de los contenidos que nos dieron carácter disponibles al correr de un par de clics.

Pero hacia adelante, ¿qué abismo hay?

Guardianes de la Galaxia 2. Otra de Wolverine. Aquaman y Pantera Negra. Cosplays sensuales de Pokemones que desconozco. Playeras que reproducen el vientre musculoso de Flash. Una Hermione negra. Memes y memes y memes. Quedarse hasta el final de los créditos para que, quizá, un minuto más de trama a priori haga que el carísimo boleto valga la pena. ¡El joven Han Solo! Carajo, ya sé que es doloroso que dure tan poco la primavera en nuestros corazones pero debe haber formas adultas de seguir rasguñando juventud. Sospecho que ya somos muchos los que estamos hartos.

Rompo en pedazos desiguales mi cupón. Pido una pizza hawaiana con extra salsa y aceitunas negras por teléfono. El tieso teléfono de disco que mis padres, por su lado, atesoran neciamente. Iré a ver “La Langosta” mañana y planeo meterme las rebanadas frías que sobren, ocultas en el bolso de mi novia.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".