2017, hazme el amor

Ojalá entre el 31 de diciembre y el 1 de enero hubiera un par de días neutrales no contabilizados en los que todos nos pudiéramos meter a una gelatina adormecedora como las de Matrix. O, mejor aún, estar despedazados igual que Darth Vader en un tubote de ensayo, haciendo corajes y recogimiento. Pero no. Acaba el año y de inmediato principia otro. Pinche calendario neurótico. Antes de que nos demos cuenta ya será de nuevo abril o el Día del Testamento o el bicentenario del América o cosas peores. Esta forma de comprender la vida como una sucesión continua de eventos que se reiteran hasta el infinito me hace pensar mucho en las líneas del metro. Es decir: primero está Taxqueña, luego General Anaya, luego Ermita y así hasta Cuatro Caminos. ¡Y luego de regreso! De igual manera calendarizamos nuestra vida atrapados en ella. Vendrá Reyes, Día del Amor y la Amistad, la Copa Confederaciones, la Feria del Mole, el aniversario luctuoso de Juanga, la aparición del nuevo iPhone, la nueva de los Avengers, etcétera, etcétera.

Para continuar con la metáfora: ¡no hay una estación del metro que nos lleve a las montañas!, que nos saque de esta forma de ir sobrellevando la vida. Nuestros antepasados recientes inventaron la insatisfacción y ahí estamos todos alegres estando poco alegres. Quizá el siguiente Día de la Independencia sea mejor que este. Quizá mi próximo novio sea mejor que con el que me caso en unos meses. Quizá la próxima Navidad empiece en septiembre. Etcétera, etcétera.

El 2016 fue un año asqueroso.

Igual que todos los años del mundo. Ajá, en esta ocasión ocurrió el brexit, ganó Trump y Colombia dijo ¡no! Además se murieron Bowie, prácticamente todos los jugadores de un equipo de futbol y Margarito. Pero no olvidemos que hace apenas un par de años el Papa renunció a su puesto como representante de dios en la tierra y Brasil fue masacrado por Alemania en el Maracaná, que es otra forma de quedarse sin dios. Andábamos huérfanos de divinidad. Caramba. A Peña le restan dos años en el poder. El siglo, como una gelatina con forma de cocodrilo, ya se está asentando.

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Era padrísimo cuando en la escuela, los primeros días de enero, te equivocabas al escribir el año y tenías que tacharlo para corregirlo. Uno rasguñaba inconscientemente al lapso ya fenecido, lo exprimía para sacarle un poco más de zumo. Yo noto que muchos nos quejamos del 2016. A ver si no hasta acabamos extrañándolo. Empezando el año nuestros cinturones van a estrenar agujeros, reduciéndose. Todo estará más caro pero sospecho que insistiremos en comprar de 70 pesos. Urge más recogimiento, mayor espiritualidad, menos meme clasista, menos gastar en pendejadas, más libros usados y menos alitas bbq, hay que regresar a las fondas, al museo gratis un día a la semana, a caminar si la distancia es cuatro estaciones del metro. El azar de las almas nos hizo mexicanos. Eso, en muchos sentidos y a pesar de los vecinos de arriba, de nuestros líderes ineptos y del mundo enfermito que nos rodea, es una bendición.

La Tierra cumple un ciclo de 365 días girando alrededor del Sol, ¡esa estrella que no se cansa de estar colgando los tenis! A veces se nos olvida eso. Formamos parte de una coreografía monumental, bachata milenaria dadora de vida.

Inserte aquí un mensaje positivo de año nuevo que no suene tan burdamente publicitario.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".