Poesía y popó

Inicialmente pensé que era broma, pero ya tenían un dummy preparado y toda la cosa. Su racional mercadotécnico estaba bien cimentado: hoy en día nadie lee poesía, pero a todo mundo le sobra tiempo en el escusado. “¡Y no siempre hay wifi en los sanitarios!”, completó la idea el entusiasta asistente de mi editor. Yo no supe qué decir. Necesitaba dinero urgentemente.

Ur-gen-te-men-te.

Más rápido que eso, de hecho.

Me sudaban las axilas como a un Cristo que llora sangre. Por lo mismo no quise quitarme el cárdigan. Era una oficina en el piso 15 de un corporativo en Santa Fe. Costaba trabajo creer que ese paisaje de edificios inteligentes formaditos como niños bien portados eran también parte de la Ciudad de México. No se veía el Ángel. No se veía la Latino. Ni siquiera Reforma 222 o el WTC. Sólo una lejana nata de contaminación y las siluetas ambiguas de los volcanes. En el escritorio del editor había sendas pilas de manuscritos que emanaban calorcito de impresión recién hecha. Así, en pilas enormes, parecía que esperaban turno para echarse un clavado rumbo al bote de la basura.

El contrato estaba en mis manos. Mi mote de escritor en negritas. El dummy en manos del editor. Pensé que en cualquier momento se sonaría la nariz.

Pensé que con el dinero que me pagarían por fin podría saber qué es eso que los humanos llaman “pizza con ingredientes extra”. También pensé que por fin podría pagar los tres meses de retraso acumulados en la renta de mi departamentito en la Cuauhtémoc. Me vi alegrón aprovechando los cupones de descuento del Péndulo y leyendo primorosas traducciones de Faulkner en compañía de un coctel Hemingway. Me vi tropezando con HBO en un zapping de insomne sábado por la noche. Además, se acerca peligrosamente la boda de mi compa y tendré que pagar varios días de hospedaje en Oaxaca, mole, helados del mercado, mezcales asesinos.

En otras palabras: con la lana de este proyecto podría regresar triunfalmente al mundo de los vivos.

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Pensé que a mi novia aquello no le parecería tan escandaloso, sería tan comprensiva como siempre lo es. Me refiero a la ocurrencia de mi editor. Vaya, cosas peores han hecho otros colegas contemporáneos. Más por necesidad que por otra cosa fue que decidí someter a dictamen, en una editorial grande, mis poemas de juventud. Yo soy narrador, que conste. Pero es cierto que cuando nadie me está viendo intento traducir al mundo en versos. Respeto mucho el trabajo del poeta, hombre de dios capaz de sostener el aroma de una rosa en la palma de su mano. ¡Eso mismo, Pepe Gorostiza!

Siempre he pensado humildemente que la poesía es una mano que acaricia. Aunque en este caso, como verán, es probable que esa comparación opere completamente en mi contra. Para no darle más vueltas… me propusieron imprimir mis mejores poemas en los cuadritos finales de los rollos de papel higiénico, justo antes del tubo de cartón café.

¡En cada rollo una sorpresa!, exclamó mi editor mientras se escarbaba las muelas con un mondadientes de plástico con forma de espadita. El libro tradicional se ha quedado muy atrás, comentó su asistente cara de pajarito mojado.

Pasó volando un helicóptero que ya no me dejó oír el resto de su cantaleta. Olía a dos perfumes que competían entre sí. Sentí nauseas. Tomé el bolígrafo más frío que he tenido entre mis dedos. Mis tripas rechinaban alegres a la par que yo firmaba, al calce, los tres tantos de contrato.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".